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Castelgandolfo

CASTELGANDOLFO: DE RESIDENCIA IMPERIAL A VILLA PONTIFICIA

 

El visitante que entra por vez primera en las Villas Pontificias de Castelgandolfo no imagina encontrarse con importantes restos de una de las más famosas villas de la antigüedad, la Albanum Domitiani, grande residencia de campo del emperador Domiciano (81-96 d.C.), que tenía una extensión de 14 km2, desde la Via Appia hasta el lago de Albano. Las Villas Pontificias se levantan sobre los restos de la parte central de la residencia imperial que incluía, según la hipótesis de algunos estudiosos, también la Arx Albana, situada en el extremo de la colina de Castelgandolfo, donde ahora se yergue el Palacio Pontificio y, que tiempo atrás comprendía el centro de la antigua Albalonga. 

La Villa de Domiciano estaba ubicada en la vertiente occidental de la colina, en posición dominante hacia el mar Tirreno. La pendiente había sido dividida en tres grandes terrazas descendientes hacia el mar. La primera, en la parte superior, comprendía las estancias de los siervos del emperador, diversos servicios y cisternas, que se alimentaban del manantial de Palazzolo – situado en la orilla opuesta del lago – a través de tres acueductos, todavía existentes en parte, que llevan el agua a la Villa papal y a la población de Castelgandolfo. En la terraza del medio, delimitada junto al monte por un gran muro de contención, interrumpido por cuatro grutas de planta rectangular y semicircular alternantes, se erigían el palacio imperial y el teatro. La terraza inferior comprendía el criptopórtico, grande paseo cubierto del emperador, con una longitud originaria de trescientos metros. Esta terraza se subdividía en otras sucesivas dedicadas a jardines, en una de las cuales se encontraba el hipódromo.

 En esta residencia, acondicionada también para la estación invernal, rica de belleza natural y suntuosos edificios, monumentos y obras de arte, Domiciano, el “calvo Nerón” como lo llamaba Juvenal, estableció casi permanentemente su morada.

A la muerte de Domiciano, la villa pasó a sus sucesores, los cuales prefirieron establecer su residencia en otro lugar. Adriano (117-138) pasó en ella sólo un breve período de tiempo, mientras se concluía la villa de Tivoli, y Marco Aurelio (161-180) la utilizó como refugió algunos días durante la rebelión del año 175. Pocos años después, Séptimo Severo (193-211) instaló en la parte sur, los castra (campamentos) de sus fieles soldados partos, los cuales se establecieron allí de modo permanente con sus familias.

 Con la decadencia de la villa imperial, sus monumentos fueron privados de obras de arte y de ricos adornos y demolidos sistemáticamente; los mármoles y ladrillos se utilizaron para nuevas construcciones que darían origen al primer núcleo habitado del pueblo de Albano. En el norte de la villa, sobre la vertiente del lago hacia “Cucuruttus” (la actual Montecuco), surgió otro insediamiento, sobre todo de agricultores, que daría origen más tarde a la actual Castelgandolfo.

El emperador Constantino (306-337), que había expulsado del territorio a los turbulentos soldados partos con sus familias, incluyó entre los beneficios concedidos a la basílica de San Juan Bautista, la actual catedral de Albano, la possessio Tiberii Caesaris, es decir, el área de la villa domiciana.

Con excepción de algunas memorias de actos de cesión o patrimoniales referidas al lugar, la historia guardó silencio hasta el siglo XII. No fue así para las expoliaciones de mármoles y obras de arte que continuaron durante mucho tiempo. En el siglo XIV el saqueo fue sistemático por la búsqueda de mármoles para la construcción del duomo de Orvieto.

En torno al año 1200, fue construido en la colina, quizá sobre las ruinas de la antigua Albalonga, el castillo de la familia genovesa de los Gandolfos, la cual dio nombre a la actual Castelgandolfo. Era una fortaleza cuadrada, erigida en lo alto de la colina, con altos muros y un pequeño patio, todavía existente, rodeada por una potente defensa que la hacía casi inaccesible. Después de algunos años, pasó a ser propiedad de los Savelli, que la poseyeron por espacio de casi tres siglos.

Fue en julio de 1596, bajo el pontificado de Clemente VIII Aldobrandini (1592-1605), que la Cámara Apostólica tomó posesión de Castelgandolfo y de Roca Priora mediante la bula Congregazione dei Baroni (congregación de los barones), como fianza por el pago de una deuda de 150.000 escudos contraida por los Savelli. Más tarde, al pagarse una parte de la deuda, Roca Priora fue devuelta a los Savelli, mientras que Castelgandolfo fue declarada patrimonio inalienable de la Santa Sede, quedando incorporada definitivamente al dominio temporal de la Iglesia, con decreto consistorial del 27 mayo de 1604.

Pablo V Borghese (1605-1621), a petición de la comunidad de Castelgandolfo, dotó a la población y a la fortaleza de agua abundante, con la restauración del acueducto que traía las aguas del manantial de Malafitto, actual Palazzolo. Se preocupó además, de dar salubridad a la zona secando las aguas palúdicas del lago de Turno, según refiere una de las lápidas colocadas en el frontal del Palacio Pontificio.

 Urbano VIII Barberini (1623-1644), que siendo Cardenal gustaba de pasar temporadas en Castelgandolfo, fue el primer Papa que vivió en esta residencia en la primavera de 1626, una vez terminados los trabajos de restauración y ampliación del Palacio realizados por Carlo Maderno y ayudado por Bartolomeo Breccioli y Domenico Castelli como arquitectos subalternos. La fortaleza se vio ampliada con nuevas estructuras, se construyó el ala del palacio junto al lago, y la parte izquierda de la fachada actual hasta la puerta de ingreso. Se realizó también el jardín del palacio (Jardín del Moro), de modestas proporciones, que todavía conserva fielmente el diseño originario, dividido en recuadros regulares por paseos con hileras de mirtos. El florentino Simone Lagi decoró con frescos la capilla privada, el pequeño Oratorio contiguo, y la sacristía. Se atribuyen también a iniciativa de Urbano VIII las dos sugestivas arboledas, llamadas “Galería superior” y “Galeria inferior” que bordean la Villa Barberini y unen Castelgandolfo con Albano.

Alejandro II Chigi (1655-1667) completó la construcción del Palacio pontificio con la nueva fachada hacia la plaza, y la grande galería construida en el ala hacia el mar, según proyecto de Bernini.

Clemente XIV Ganganelli (1769-1774), con objeto de dotar la propiedad de un espacio más idóneo para los paseos a pie, que no lo permitían las pequeñas dimensiones del jardín creado por Urbano VIII, en marzo de 1773 amplió la residencia con la compra de la Villa anexa de Cybo. En 1717, cuando todavía era Auditor de la Cámara Apostólica, el cardenal Camillo Cybo se había hecho ceder el palacete construido por el arquitecto Francesco Fontana “por su noble habitación y Villa”. Sucesivamente compró un terreno de casi tres hectáreas frente al edificio, que limita en la parte alta con el pueblo de Castelgandolfo y en la inferior, hacia el mar, con la vía denominada “Galería inferior”, transformándolo en un espléndido jardín, rico de mármoles, estatuas y fuentes de gran valor. Esta villa suntuosa tenía, sin embargo, como grave defecto el tener el palacio y el jardín separados por la vía pública, precisamente la “Galería inferior”. El cardenal tenía pensado unirlos mediante un viaducto, a la altura del nivel noble del jardín, pero el proyecto no llegó nunca a realizarse, no sabemos si por falta de tiempo o de dinero. A la muerte del cardenal Cybo en 1743, la villa pasó a los herederos quienes la vendieron al Duque de Bracciano, Don Livio Odescalchi. Clemente XIV logró que se la vendiera por el mismo precio de 18.000 escudos.

En 1870, con el fin del Estado Pontificio, comenzó para la residencia papal de Castelgandolfo un largo período de abandono y olvido que duró sesenta años. Aunque la ley de Garantías (concedida al Papa por el estado italiano en 1871) había asegurado al Palacio de Castelgandolfo, “con todas sus posesiones y pertenencias”, las mismas inmunidades del Vaticano y del Laterano, tras la toma de Roma, los Papas no volvieron a salir del Vaticano.

Únicamente después de los Pactos Lateranenses entre la Santa Sede e Italia (1929), que ponían fin a la espinosa “Cuestión romana”, Castelgandolfo volvió a ser la residencia estival de los Papas. Durante las negociaciones había sido examinada también la posibilidad de reservar para la residencia de los Pontífices la Villa Farnese de Caprarola, o la Villa Doria Panfili en el Gianicolo. Pero al final prevaleció la tradición histórica. Las Villas Pontificias asumieron las actuales dimensiones con la adquisición del complejo de Villa Barberini, donde se implantaron jardines de nuevo diseño entre los que merecen especial atención los del Belvedere. Era ésta la villa que Tadeo Barberini, sobrino de Urbano VIII, había realizado comprando los terrenos y viñedos de la terraza central de la residencia domiciana en 1628 y sucesivamente, en 1631, adquiriendo la propiedad de Monseñor Escipión Visconti, un palacete transformado y ampliado después según proyecto de Bernini, probablemente. Mucho más tarde, a principios del siglo siguiente, delante del palacio Barberini fue colocada una elegante verja que, a pesar de la estrechez del espacio, permitía el ingreso de los grandes carruajes de entonces.

Después de 1929, se realizaron importantes trabajos de consolidamiento y reestructuración del Palacio pontificio para adaptarlo a las nuevas exigencias y poder comunicar las tres villas (Jardín del Moro, Villa Cybo y Villa Barberini). Fue construido un viaducto que unía el terreno Barberini con el de Villa Cybo, y la logia que conduce al Palacio por encima de la vía pública, sobre el arco de la antigua Puerta romana.

En 1934, por faltar en el Vaticano la necesaria oscuridad nocturna para observar el firmamento, el Observatorio Astronómico regido por los padres jesuitas fue trasladado al Palacio de Castelgandolfo.

LOS PAPAS EN CASTELGANDOLFO

 

En el verano de 1623 fue elevado al solio pontificio el Cardenal Maffeo Barberini que tomó el nombre de Urbano VIII (1623-1644). Hacía ya algunos años que el Cardenal había elegido la villa de Castelgandolfo, ya fuera por su incomparable posición panorámica, como porque la consideraba el lugar más salubre de los castillos romanos, para construirse una modesta morada, cerca de los muros del Castillo, en el plano superior del torreón que todavía hoy domina la Puerta romana. Fuera de las murallas, existen todavía las escuderías cerca de dicho torreón. Por ello, una vez elegido Papa, Urbano VIII eligió Castelgandolfo como residencia estival, decidiendo acondicionar la antigua fortaleza de los Gandolfi-Savelli para “que los Papas tuvieran la comodidad de residir en los propios palacios, no pareciéndole conveniente valerse de las casas de los demás”, según refiere su biógrafo, Andrea Nicoletti. Después de haber residido durante dos años en Frascati, huésped del Cardenal Escipión Borghese, el 10 de mayo de 1626, Urbano VIII inauguró finalmente su primera estancia en Castelgandolfo.

“Después de 1626, Urbano VIII regresó fielmente durante otros once años a la Villa, dos veces al añó... en abril, o al máximo, en mayo, y una segunda vez en el mes de octubre” durante dos o tres semanas. “Tenía organizada metódicamente la jornada y no le faltaba nunca, en las horas de asueto, la compañía de literatos y eruditos... Le gustaba, sobre todo, dar paseos a pie que, especialmente en los primeros años, alternaba a menudo con cabalgadas a través de los bosques... Durante su estancia en la villa, Urbano VIII continuaba a recibir ministros y embajadores como era ordinario, con el fin de que los asuntos de gobierno no sufrieran demora” (por Emilio Bonomelli, ibidem., p. 52). Tras la enfermedad de 1637 que hizo temer por su vida, Urbano VIII renunció definitivamente a residir en la Villa a la que tanto se había aficionado, por propia convinción y la de sus médicos, que el aire pesado de Roma le era más necesario.

El sucesor de Urbano VIII, Inocencio X Panfili (1644-1655), no vino nunca a Castelgandolfo en sus diez años de pontificado y raramente se alejó de Roma.

No fue así con Alejandro VII Chigi (1655-1667), el cual residió regularmente en Castelgandolfo dos veces al año, en primavera y en otoño, durante períodos variables de 20 a 30 días. El Papa Chigi era especialmente sensible a las bellezas del lago y del verdor del entorno, tan propicios para la meditación y el silencio, y habitualmente daba largos paseos por los bosques de encinas y castaños. Le atraían también las excursiones al lago que recorría sobre una fragata que se había hecho transportar expresamente desde el puerto de Ripa Grande. Alejandro VII confió a Sernini la construcción de la Iglesia parroquial de Castelgandolfo, dedicada a Santo Tomás de Villanueva, el arzobispo de Valencia canonizado por él en 1658, mientras que la cripta fue dedicada a San Nicolás.

En los 44 años siguientes, ninguno de los sucesores del Papa Chigi cambió la residencia de Roma por la estival de Castelgandolfo. Unicamente Inocencio XII Pignatelli (1691-1700), pernoctó en Castelgandolfo el 27 de abril de 1697, con ocasión de su viaje a Anzio y Neptuno, saliendo al día siguiente. Había llegado a la plaza en una noche de niebla y lluvia por lo que encontró el lugar tan molesto que no quiso regresar.

Clemente XI Albani (1700-1721) pasó los primeros nueve años de su pontificado sin alejarse nunca de Roma. Tras una grave enfermedad en el verano de 1709, en mayo del año siguiente fue a Castelgandolfo por consejo de los médicos, y vistos los buenos resultados, regresó durante seis años seguidos hasta 1715. Durante su primera estancia castellana, el Papa Albani firmó un Rescripto con el que se confería a Castelgandolfo el título de “Villa Pontificia”. Tal reconocimiento, que duró hasta el final del Estado Pontificio, comportaba, para los ciudadanos de Castelgandolfo, el privilegio de ser sustraidos a la jurisdicción de las magistraturas administrativa y judicial comunes, y de estar sujetos a las especiales del Prefecto del Palacio Apostólico y del Mayordomo. Las estancias del Papa Albani estuvieron caracterizadas por una gran familiaridad con los lugareños, especialmente los más pobres, a quienes el Papa dió abundantes muestras de liberalidad. A Clemente XI se deben los trabajos de restauración del Palacio después del largo abandono y las mejoras del pueblo, cuyo núcleo habitado se había ampliado notablemente. Una lápida colocada al principio de la carretera de Castelgandolfo, aún existente, recuerda las obras realizadas por el Papa en beneficio de la ciudadela.

Durante 25 años la Villa pontificia no fue visitada por los sucesores del Papa Albani, y en junio de 1741, el Palacio se volvió a abrir para acoger al Papa Benedicto XIV Lambertini (1740-1758), elegido en el verano del año anterior. “Fue uno de los pontífices que más se ligaron a Castelgandolfo donde, como solía decir, podía liberar su alma” (cf. Emilio Bonomelli, I Papi in campagna, p. 111). Sus visitas asumieron un tono de gran simplicidad, lejos de la fastuosidad de sus predecesores: “No quiero complicaciones. Las complicaciones para cuando estemos en Roma”, solía responder a las petulantes y con frecuencia inoportunas peticiones de audiencias y visitas que se le presentaban. Durante su pontificado no dejó de cuidar y embellecer el palacio. Entre las obras principales se recuerda la decoración de la galería de Alejandro VII, obra de Pier Leone Ghezzi, a base de pinturas en témpera que representan vistas panorámicas de las colinas de Albani con alegres escenas rústicas, y la nueva Logia de las Bendiciones, mandada construir en 1749, dominada por un gran reloj.

Clemente XIII Rezzonico (1758-1769), sucesor del Papa Lambertini en 1758, visitó Castelgandolfo a partir del año siguiente. El cambio de aires que los médicos le habían aconsejado le fue tan benéfico que durante otros seis años, hasta 1765, pasó períodos de hasta un mes. Sólo en los últimos tres años, las crecientes preocupaciones de su pontificado le impidieron ir a Castello como habría deseado. Su nombre queda ligado a los preciosos objetos litúrgicos y obras de arte con las que enriqueció la Iglesia parroquial y la Capilla privada del Palacio. Una lápida sobre la Puerta romana recuerda las obras de ampliación y pavimentación de la vía de acceso, mandadas hacer por él.


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