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El Cardenal Fernando Vérgez Alzaga celebra la Santa Misa para los empleados de la Dirección de Sanidad e Higiene

Dios se hace cercano y comparte la fragilidad

En los lugares de cuidado y atención, Dios continúa haciéndose presente cada día a través del servicio, a menudo silencioso, de quienes trabajan por el bien de los demás. Así lo subrayó el Cardenal Fernando Vérgez Alzaga, Presidente emérito de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, durante la celebración de la Eucaristía el sábado por la tarde, 20 de diciembre, en la iglesia de María, Madre de la Familia, en el Palacio de la Gobernación.

Con ocasión de la celebración navideña dedicada a los empleados de la Dirección de Sanidad e Higiene, el purpurado invitó a reflexionar sobre el significado de Emanuel, Dios que se hace cercano compartiendo la fragilidad humana y que continúa manifestando su presencia a través del servicio discreto de quienes cuidan de los demás. Otro de los aspectos en los que se detuvo fue la figura de san José, a quien presentó como modelo de obediencia pronta y fiel, capaz de transformar la escucha en acción conforme al designio de Dios. Concelebró la Eucaristía junto al cardenal fray Dario Vermi, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (Fatebenefratelli), asistente espiritual de la Dirección de Sanidad e Higiene.

Al término de la Santa Misa, Sor Raffaella Petrini, Presidenta de la Gobernación, dirigió un breve saludo a los presentes, expresando sus mejores deseos de una Santa Navidad.

Entre los asistentes se encontraban el Arzobispo Emilio Nappa y el abogado Giuseppe Puglisi-Alibrandi, Secretarios Generales; los doctores Luigi Carbone y Maurizio Soave, Director y Subdirector de la Dirección de Sanidad e Higiene, respectivamente, así como médicos, enfermeros, personal administrativo y empleados de la misma Dirección.

 

A continuación, la homilía del Cardenal:

 

Querida sor Raffaella Petrini, Presidenta de la Gobernación;

Queridos Secretarios Generales, Monseñor Emilio Nappa y el abogado Giuseppe Puglisi-Alibrandi;

Queridos doctores Luigi Carbone y Maurizio Soave, Director y Subdirector;

queridos amigos todos de la Dirección de Sanidad e Higiene:

En este domingo que precede a la Navidad, la Sagrada Escritura nos invita a adentrarnos en una historia hecha más de silencios que de palabras, más de decisiones que de discursos. En el centro no encontramos a un protagonista llamativo, sino a una figura discreta: José. Un hombre llamado a confiar cuando todo parece oscuro, a decidir sin mapas seguros, a caminar en la noche de la incertidumbre.

La situación que se le presenta es singular. María espera un hijo, y José sabe que no es el padre. Podría reaccionar defendiéndose a sí mismo, apelando a la ley, salvaguardando su propia reputación. Sin embargo, el Evangelio nos dice: «como era justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió repudiarla en secreto». Elige un camino distinto: protege, custodia, no expone. Esta es su justicia: una justicia que no hiere, que no humilla, que deja espacio a la misericordia. No es rigidez, sino profundidad de alma.

La experiencia de José interpela con fuerza a quienes hoy cargan con responsabilidades, especialmente en ámbitos delicados como el sanitario. Gobernar, decidir, orientar opciones complejas significa a menudo moverse en territorios marcados por la urgencia, la escasez de recursos y expectativas contrapuestas. No siempre el bien se muestra de manera inmediata, y a veces los frutos llegan mucho tiempo después de las decisiones.

Antes de actuar, José se concede el tiempo de la reflexión. No reacciona impulsivamente. Se detiene, pondera, permite que el silencio se convierta en espacio de clarificación. Es allí donde Dios encuentra el modo de hablarle. Esta actitud se convierte en una enseñanza preciosa: aprender a discernir, a no dejarse arrastrar por la prisa, a considerar el rostro humano que se esconde detrás de cada decisión, especialmente cuando está en juego la salud y la vida de las personas.

En el sueño, el ángel lo exhorta a no dejarse paralizar por el miedo. «No temas» no es solo una palabra de consuelo, sino una llamada al coraje: «No temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús». No temas asumir una tarea exigente. No temas cuidar. No temas creer que el bien puede nacer incluso en situaciones ambiguas. El mundo de la sanidad conoce bien la tentación del miedo: miedo a equivocarse, a ser juzgados, a no estar a la altura. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde se juega la posibilidad de decisiones auténticamente humanas.

El niño que va a nacer llevará un nombre cargado de significado: Emanuel. Dios no permanece distante ni observa desde una posición segura, sino que elige compartir la fragilidad de la existencia. Entra en la carne, en el límite, en el dolor. Este mensaje resuena de manera particular en los lugares de cuidado, donde cada día Dios sigue haciéndose presente a través del servicio, muchas veces oculto, de quienes trabajan por el bien de los demás.

José, una vez despertado, no queda prisionero de sus dudas. Transforma la escucha en acción. No busca compromisos, no aplaza, no se sustrae. Su obediencia es concreta, cotidiana, silenciosa. Es una llamada poderosa para quienes ejercen funciones de liderazgo: la coherencia entre lo que se reconoce como justo y lo que se realiza en las decisiones operativas.

También la primera lectura nos sitúa ante un momento crítico. El rey Acaz vive un tiempo de inestabilidad y amenaza. Dios le ofrece un signo, concediéndole incluso la libertad de pedirlo. Pero Acaz se resiste. Detrás de una respuesta aparentemente piadosa se esconde la decisión de no confiar, de no cuestionar sus propias estrategias. Es el temor a cambiar de rumbo, a abrirse a una confianza mayor.

Esta dinámica no pertenece solo al pasado. También hoy, especialmente en los ámbitos de decisión, puede surgir la tentación de apoyarse exclusivamente en criterios técnicos, económicos u organizativos, olvidando la dimensión más profunda de la confianza, de la visión y de la centralidad de la persona.

Sin embargo, Dios no se retira. A pesar de los cierres del ser humano, concede igualmente un signo: una vida que nace, frágil y desarmada. No un gesto de poder, sino una presencia. No una imposición, sino un don. Ese signo encuentra su plenitud en Jesús, el Emanuel.

En este tiempo de Adviento, mientras nos acercamos a la Navidad, estamos llamados a dejarnos modelar por esta lógica: ser personas justas, capaces de escuchar, de asumir la responsabilidad hasta el final, de tomar decisiones que no hacen ruido pero generan vida.

Que el servicio en la Dirección de Sanidad e Higiene pueda seguir haciendo visible a este Dios que no se aleja, sino que permanece junto a la humanidad, especialmente cuando es más frágil. A todos vosotros y a vuestras familias, mis mejores deseos de una Santa Navidad y un Feliz Año Nuevo.

 

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