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El Obispo Vincenzo Viva presidió la solemnidad de Santa Clara de Asís en el monasterio de las Clarisas de Albano

La pobreza vivida con alegría

“La aceptación de la fragilidad como instrumento para la santificación personal y como medio para que Dios pueda actuar tenía, para Clara, un nombre muy preciso: la pobreza vivida con alegría”. Así lo afirmó Monseñor Vincenzo Viva, Obispo de Albano, al presidir la concelebración eucarística con motivo de la fiesta de Santa Clara de Asís, la tarde del martes 11 de agosto, en el monasterio de la Inmaculada Concepción de las Clarisas, situado en el territorio de las Villas Pontificias.

Al término de la Misa, Monseñor Viva bendijo el “Pan de Santa Clara”, que posteriormente fue distribuido entre los fieles.

La distribución del Pan bendecido recuerda un célebre milagro de la Santa. Ante la presencia en el monasterio de un único pan para alimentar a cincuenta monjas, Clara recurrió a la Providencia con su oración. Después pidió a una de las hermanas que cortara el pan y enviara la mitad a los frailes. Con la parte restante ordenó hacer cincuenta rebanadas, tantas como religiosas había en la comunidad. Con gran asombro, la monja encargada de hacerlo vio cómo se multiplicaban las rebanadas necesarias para alimentar a toda la comunidad.

En la fiesta de Santa Clara, las Clarisas perpetúan la tradición de compartir pequeños panes con los pobres, en recuerdo de la intervención de la Providencia por intercesión de la Santa.

La celebración en el monasterio de Albano estuvo precedida por un triduo solemne predicado por fray Rino Bernardini, de la Orden de los Frailes Menores, desde el sábado 8 hasta el lunes 10 de agosto. El domingo 9 de agosto, durante la celebración eucarística de las 18.00 horas, las Clarisas renovaron sus votos monásticos. El triduo concluyó el lunes 10 de agosto con la conmemoración del Tránsito de Santa Clara.

Las Clarisas del monasterio han contribuido también al nuevo jardín de infancia «San Francisco y Santa Clara», realizando a mano algunas decoraciones de madera para embellecer los espacios de la nueva estructura.

Siguiendo una tradición consolidada, elaboran artesanalmente diversos objetos de madera de olivo, como colgantes, pulseras de cinta, pulseras elásticas con cuentas de madera, llaveros, bolígrafos, sacapuntas con goma de borrar, marcapáginas, lápices, relojes de sobremesa y de pared, así como recuerdos para bautizos, primeras comuniones, confirmaciones, bodas, campamentos y otras celebraciones.

 

Publicamos a continuación la homilía del Obispo de Albano:

 

“Y tú, Señor, sé bendito, porque me has creado” (Proceso de canonización de Santa Clara III, 20): estas fueron las últimas palabras que pronunció Santa Clara en su lecho de muerte, el 11 de agosto de 1253, después de casi 29 años de enfermedad, en una estancia de San Damián. Las fuentes nos dicen, además, que, ya agonizante, había recibido precisamente el día anterior a su muerte el pergamino llegado de Roma con la aprobación de su Regla, firmado por el Papa Inocencio IV, y que lo besó con devoción.

Estas palabras de Clara, una acción de gracias a Dios al término de su vida terrena, y la imagen del cuerpo de una mujer frágil, probado por la enfermedad, pero también, y sobre todo, por tantas dificultades y tribulaciones, iluminan, a mi entender, de manera muy clara cuanto la Palabra de Dios, en la segunda lectura que hemos escuchado (cf. 2 Cor 4, 6-10. 16-18) y en el Evangelio (cf. Jn 15, 4-10), quiere comunicarnos en esta solemnidad de la Santa que celebramos con alegría junto a nuestras queridas hermanas Clarisas.

Hemos escuchado al apóstol Pablo en la segunda Carta a los Corintios: “Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4, 7). Una bellísima metáfora utilizada por San Pablo para describir lo que él mismo experimentó personalmente, es decir, la desproporción entre su propio ser y el tesoro de la gracia. Una pobre vasija de barro llamada a contener un tesoro inestimable, que es Cristo mismo: ¿por qué decide Dios depositar un tesoro tan grande en un recipiente tan frágil? Más aún, el texto parece sugerir una convicción que el apóstol fue madurando y que va todavía más lejos, Dios no solo decide depositar su tesoro en la fragilidad humana, sino que elige actuar precisamente a través de esa fragilidad, dentro de nuestros límites.

Muchas veces nos preocupa eliminar nuestros límites, ofrecer una imagen ideal de nosotros mismos, ocultamos nuestras fragilidades, nos avergonzamos de ellas y tendemos a proyectar sobre los demás aquello que no aceptamos en nosotros mismos. Dios, en cambio, elige precisamente lo frágil y lo pobre, lo imperfecto, para llevar a cabo su proyecto en la historia. Es precisamente el barro lo que Dios parece preferir cuando quiere actuar, porque hace evidente la desproporción respecto al tesoro que está llamado a contener.

Creo que Clara lo había comprendido muy bien, lo había visto y admirado en San Francisco y, por ello, lo hizo suyo y lo transmitió a sus hermanas. La aceptación de la fragilidad como instrumento para la santificación personal y como medio para que Dios pueda actuar tenía, para Clara, un nombre muy preciso, la pobreza vivida con alegría. La “santa pobreza” no era solamente un voto religioso, sino una actitud ante la vida, más aún, una realidad personificada, una hermana mayor a la que amar y abrazar con alegría. Al escribir a Inés de Praga, la canta como una paradoja, la pobreza es lo que hace ricos; la renuncia es lo que permite poseer (cf. Primera Carta a Inés de Praga, 15-17). Para que Dios pueda llenarnos con su tesoro, es necesario “hacerse barro”, vaciarse de todo aquello que no es Dios. Pero si nuestra vida está llena de nosotros mismos, de la preocupación por tener y aparentar, si está llena de prejuicios y presunciones, ¿cómo podrá contener el tesoro de Dios?

Sin duda, cada uno de nosotros conoce su propio barro y también el barro del que están hechas nuestras comunidades, aunque nos cueste aceptarlo y ofrecérselo al Señor para que Él lo utilice en nuestro bien y para manifestar su gloria. Así es como, con demasiada frecuencia, pensamos que podemos vivir nuestra consagración bautismal, religiosa o ministerial sin ofrecer verdaderamente al Señor nuestra pobreza, escondiéndonos de nosotros mismos y, en definitiva, también de Dios.

¿Cuántas inconsistencias psicológicas arrastramos con nosotros? Limitaciones de carácter que no conseguimos corregir, pobrezas morales y espirituales, un cuerpo que a menudo no nos gusta, ni cuando somos jóvenes y perseguimos modelos de belleza inalcanzables (pensemos hasta qué punto esta dinámica se ve hoy enormemente amplificada por las redes sociales), ni cuando envejecemos y nos cuesta aceptar la pérdida de nuestra autonomía y de nuestras capacidades físicas.

El límite y el barro del que estamos hechos son, por tanto, elementos constitutivos del ser humano, forman parte de nuestro ser, de la Iglesia y de toda comunidad, también de las comunidades religiosas. Y la tentación es siempre la misma: pensar que esa es precisamente la parte de nosotros que nos descalifica, el obstáculo que nos impide servir de verdad, aquello que debemos solucionar antes de poder comenzar. San Pablo, partiendo de su experiencia personal (sin duda fruto de un doloroso proceso interior), nos dice exactamente lo contrario. Es precisamente ahí, en el barro de nuestra existencia individual y comunitaria, donde Dios ha elegido mostrar algo de sí. Esto nos permite adoptar también una mirada diferente, ciertamente más cristiana, ante las tribulaciones y dificultades inevitables de nuestra vida personal de fe y de nuestros caminos comunitarios, especialmente cuando llegan momentos de gran prueba o verdaderas catástrofes existenciales. Al afirmar que el discípulo de Cristo está “atribulado, pero no aplastado, desconcertado, pero no desesperado, perseguido, pero no abandonado, derribado, pero no aniquilado” (2 Cor 4, 8-9), el apóstol no atenúa el peso de la realidad ni el drama de los golpes que recibimos, sino que nos recuerda un hecho fundamental, las tribulaciones no tienen la última palabra, más aún, ya mientras las atravesamos se manifiesta la gloria de Dios. Es la lógica pascual que se reproduce en la vida del cristiano y de las comunidades eclesiales, donde sufrir por amor y con amor se convierte en lugar de revelación de Dios y en modo de participar en la muerte y resurrección de Cristo. En la existencia cristiana, especialmente en las relaciones, se hace presente, por tanto, el morir de Jesús, allí donde se manifiesta su gracia (cf. 2 Cor 4, 10-11).

La espiritualidad cristiana no consiste, por tanto, en sonreír con los dientes apretados ni en negar la realidad. El camino cristiano es otro, y Clara se lo expresa con claridad a Inés: «Si con Él sufres, con Él reinarás, si con Él lloras, con Él gozarás, si en su compañía mueres en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las moradas celestiales en el esplendor de los santos» (Segunda Carta a Inés de Praga, 21). Es hermoso observar cuántas veces vuelve ese “con Él”. El sufrimiento cristiano nunca es solitario. No es un peso que se nos impone sobre los hombros ni una moneda que estemos llamados a pagar. Pensándolo bien, ni siquiera es una realidad buena o que haya que buscar; pero, cuando se presenta, debe ser acogida y descubierta como una compañía en la que el centro no ha de ser el dolor, sino el amor. En la espiritualidad de Clara de Asís, la sequela Christi por el camino de la cruz está siempre presente, pero no reviste los rasgos de la tristeza, en el centro no está el dolor, sino el amor y la necesidad de una profunda comunión existencial y afectiva con el Señor, el amado y el esposo. Esto hace que la cruz arda de amor y esté ya dorada por la gloria. A ello se añade la fuerza de la fraternidad: la vida monástica se alimenta de la oración recíproca, de estar juntas, de la confianza depositada en las hermanas y del amor hecho servicio.

¿De dónde podemos recibir, entonces, la fuerza para atravesar nuestros límites, nuestras fragilidades y las adversidades? Podemos decir que la fuerza nos llega de un verbo que, también en la espiritualidad clariana, me parece central. Es el verbo que encontramos repetido nada menos que nueve veces en el Evangelio que acabamos de proclamar (cf. Jn 15, 4-10): “Permaneced en mí”, dice Jesús. “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn 15, 4). Creo que podemos afirmar que Santa Clara construyó toda su vida sobre este verbo y que, en sus cartas a Inés, llegó incluso a dejarnos su gramática, articulada en tres peldaños que encontramos desarrollados en diversas tradiciones espirituales, desde San Buenaventura hasta San Ignacio de Loyola.

El verbo “permanecer” se conjuga a través de tres peldaños, de otros tres verbos. El primero es “ver”, “Mira que Él se hizo despreciable por ti, y síguelo, hecha despreciable por Él en este mundo” (Segunda Carta a Inés de Praga, 19). Se comienza siempre con una mirada puesta en el Jesús concreto, el de los Evangelios, el que se hizo pobre: no una idea abstracta de Dios, sino un rostro, una relación que hay que buscar. El segundo es “considerar”, mirar más profundamente, entrar en diálogo, dejándose implicar por este amor, escrutando y considerando cómo se ha revelado Jesús (cf. Cuarta Carta a Inés de Praga). Para llegar después al tercer peldaño, el de “contemplar, donde tiene lugar la transformación de uno mismo en la imagen del Hijo de Dios (cf. Tercera y Cuarta Carta a Inés de Praga). Ahora bien, “contemplari”, literalmente, significa “establecer la propia morada junto a alguien, habitar establemente con él”. Que es exactamente el “permaneced en mí” del Evangelio de Juan. Clara se une a Cristo, su esposo místico: mirándolo, considerándolo y contemplándolo, encuentra en Él su morada, su verdadera paz.

Pero atención, “permanecer en Cristo” no significa quedarse inmóviles, instalados en una falsa paz. Significa dejarse transformar. Convertirse, poco a poco, en aquel a quien se contempla, es la transformación gradual de la persona. Quisiera, por tanto, rezar hoy, en esta fiesta, ante todo por mí mismo, por nuestras hermanas Clarisas, por cada uno de nosotros, y pedir al Señor tres cosas por intercesión de Santa Clara, (1) que no nos avergoncemos de nuestro barro, sino que sepamos verlo, aceptarlo y confiarlo al Señor; (2) que atravesemos nuestras pruebas no solos, sino con el Señor y con la fuerza que nos viene de la fraternidad en Cristo. Que sepamos, por tanto, mirar las adversidades no como momentos en los que nos sentimos abandonados por Dios, sino como momentos en los que descubrimos que Dios nos habla y nos visita de un modo diferente, y, por último, (3) que volvamos cada día a ese espejo que es el rostro de Jesús, para que nuestro rostro, nuestra manera de pensar, sentir y actuar se conforme cada vez más con la manera de pensar, sentir y actuar de Dios. Si vivimos esta dinámica, estaremos en el camino que condujo también a Clara de Asís a la santidad. Amén.

 

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