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  • 30 de octubre: San Germán de Capua, Obispo

    Un pastor al servicio de la unidad

    Germán fue nombrado obispo de Capua hacia el año 519, aunque antes de esa fecha su figura permanece envuelta en la penumbra. Las únicas noticias sobre sus orígenes proceden de una fuente hagiográfica del siglo IX, considerada tardía y de escasa fiabilidad. Según esta narración, Germán nació en Capua entre los años 470 y 480, de padres pertenecientes a la alta sociedad, Amanzio y Juliana. Tras la muerte de su padre, decidió —con el consentimiento de su madre— vender los bienes familiares para dedicarse por entero a la vida ascética y al estudio de las Escrituras. A la muerte del obispo Alejandro, la comunidad capuana lo eligió como sucesor, y sólo después de insistentes ruegos aceptó el encargo.

  • 30 DE SEPTIEMBRE: SAN JERÓNIMO, DOCTOR DE LA IGLESIA

    La Biblia en el centro de la vida

    «El rasgo distintivo de la figura espiritual de san Jerónimo sigue siendo sin duda su amor apasionado por la Palabra de Dios, transmitida a la Iglesia en la Sagrada Escritura. Si todos los Doctores de la Iglesia -y en particular los de la primera época cristiana- extrajeron explícitamente de la Biblia el contenido de su enseñanza, Jerónimo lo hizo de un modo más sistemático y en cierto modo único». Lo recuerda el Papa Francisco en su Carta Apostólica Scripturae Sacrae affectus, del 30 de septiembre de 2020, en el XVI centenario de la muerte de san Jerónimo.

  • 31 de agosto: San Ramón Nonato

    Una vida entregada al rescate de prisioneros cristianos

    No temió amenazas ni torturas con tal de rescatar a los cristianos encarcelados, que corrían el riesgo de perder la fe. Fue un valiente fraile de la Orden de la Merced, san Ramón, llamado “Nonato” —es decir, “no nacido”—, sobrenombre que recibió al haber venido al mundo mediante cesárea tras la muerte de su madre. Nació en Portell, en Cataluña, en 1204, en el seno de una familia noble. Al principio, su padre le permitió dedicarse a los estudios, pero más tarde lo envió bruscamente a trabajar en el camp...

  • 31 de diciembre: San Silvestre, Papa

    Roma se hizo cristiana

    De San Silvestre no poseemos datos históricamente seguros hasta el momento de su elección a la cátedra de Pedro en el año 314, cuando sucedió al Papa Milcíades. Según el Liber Pontificalis, era hijo de un tal Rufino, ciudadano romano. Algunas tradiciones afirman que ya había profesado abiertamente la fe cristiana bajo el emperador Diocleciano, circunstancia que pudo haber favorecido su elección como pastor de la comunidad cristiana de Roma.

  • 31 de julio: San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús

    Encontrar a Dios en todas las cosas

    San Ignacio de Loyola nació en 1491 en la Casa Torre de Loyola, en el País Vasco, España. Su nombre original era Íñigo, y era el hijo menor de una familia numerosa, con trece hermanos.

  • 31 de marzo: Santa Balbina, mártir

    Sanada por el contacto con las cadenas de San Pedro

    Se sabe poco sobre Santa Balbina, cuyos restos reposan en la basílica romana que lleva su nombre, construida en su honor en el siglo IV, en el pequeño Aventino, en el barrio de San Saba.

  • 31 de octubre: San Quintín de Vermand, mártir

    En su nombre se edificó una ciudad

    Es recordado no sólo por su martirio, sino también por su firmeza en la fe, su fortaleza ante la persecución y su entrega a la difusión del cristianismo. Se trata de san Quintín, originario de Roma y que vivió en el siglo III. Existen pocas noticias seguras sobre su vida. Se cuenta que fue hijo de un influyente senador llamado Zenón y que, una vez abrazada la fe cristiana, emprendió una misión evangelizadora que le llevó hasta la Galia, junto con san Luciano de Beauvais.

  • 4 de abril: San Isidoro de Sevilla, Doctor de la Iglesia

    Unió fe y cultura

    Es considerado el último de los Padres latinos de la Iglesia y tiene el mérito de haber guiado la sociedad de la Península Ibérica —entonces centro de cultura y saber— en un intento de unificar a los habitantes romanos católicos con los godos arrianos.

  • 4 de agosto: San Juan María Vianney, Patrono del clero con cura de almas

    Una confianza inquebrantable en Dios

    Un humilde párroco que, confiando únicamente en Dios, logró despertar a sus feligreses de la indiferencia y la tibieza espiritual, haciendo renacer en ellos la vida de la fe. Su testimonio como sacerdote entregado al Señor y a la salvación de las almas, dispensador incansable de la misericordia de Cristo, le convirtió en punto de referencia para necesitados, pecadores y buscadores de paz.

  • 4 de diciembre: Santa Bárbara, Patrona del Cuerpo de Bomberos

    Testigo de Cristo hasta el don de la vida

    Santa Bárbara, mártir del siglo III, es la Patrona del Cuerpo de Bomberos. Su memoria litúrgica se celebra el 4 de diciembre, y su culto se difundió a partir del siglo VII, cuando aparecieron los primeros Acta de su martirio. Aunque se conoce poco sobre ella, algunas tradiciones sitúan su origen en Oriente, a mediados del siglo III. Hija única de Dióscoro, un acaudalado pagano, se dice que poseía una gran belleza y recibía numerosas propuestas de matrimonio de poderosos señores. Sin embargo, Bárbara rechazaba casarse, por lo que su padre la confinó en una torre hasta que cambiara de opinión. Allí, instruida por filósofos y poetas, llegó a la conclusión de que Dios es uno solo y se convirtió al Cristianismo.

  • 4 de enero: Santa Ángela de Foligno

    “No te he amado en broma”

    El miércoles de la Semana Santa de 1301, meditando sobre la muerte del Hijo de Dios, sintió dentro de sí estas palabras: “No te he amado en broma”. Es la frase que mejor identifica a Santa Ángela de Foligno, la mística franciscana que el Papa Francisco canonizó por equipolencia el 9 de octubre de 2013.

  • 4 de julio: Santa Isabel de Portugal

    Del trono a la pobreza franciscana

    Isabel de Aragón, reina de Portugal, se distinguió por su empeño en promover la paz entre los monarcas de su tiempo y por su generosidad hacia los pobres. Tras la muerte de su esposo, el rey Dionisio, decidió consagrar su vida a Dios ingresando en la Tercera Orden de Santa Clara, en el convento de Estremoz que ella misma había fundado.

  • 4 De Noviembre: San Carlo Borromeo

    Las almas se salvan de rodillas

    Un vástago de noble estirpe: a los doce años ya era abad comendatario y a los veintidós, cardenal, proyectado hacia una rápida y brillante carrera eclesiástica. Sobrino de un Papa, con el tiempo se convirtió en un formidable pastor, ejemplar y fervoroso predicador, impulsor de la aplicación de los decretos del Concilio de Trento. Es San Carlos Borromeo, quien no escatimó esfuerzos ni evitó adversidades para reformar la Iglesia, tanto en el clero como entre los religiosos, y para liberarla de los poderes externos que amenazaban su integridad. Por su celo, sufrió calumnias, humillaciones e incluso un atentado, siendo alcanzado por un disparo de arcabuz en la espalda mientras oraba, del que salió ileso.

  • 4 de octubre: San Francisco de Asís, patrón de Italia

    De la riqueza a la pobreza por amor a Cristo

    Un buen día, el joven Francisco paseaba a caballo por los alrededores de Asís cuando, por el camino, se le cruzó un leproso. Normalmente, los leprosos le aterrorizaban; no se acercaba a sus casas y se negaba a mirarlos. Cuando se encontraba con uno por la calle, apartaba la cabeza y se tapaba la nariz con los dedos para no respirar el mal olor que desprendían. Pero aquel día no se trataba de uno cualquiera. Desmontó de su caballo y le dio al leproso una moneda de plata, besándole la mano. Luego, siguió su camino. Pocos días después, con dinero en el bolsillo, fue a visitar a los leprosos del hospicio. Los reunió y empezó a repartir limosna, besando la mano de cada uno. Había vencido a sí mismo, y desde aquel momento dejó de tener miedo de los leprosos y les sirvió con humildad. Francisco se había transformado; ya no era el joven despreocupado que se paseaba por Asís vestido de juglar, haciendo bromas y bebiendo con sus amigos. Ya no era el derrochador del dinero que ganaba ayudando a su padre, Pietro di Bernardone, un rico comerciante, sino un convertido al amor por Cristo y por sus hermanos. Francisco era un hombre nuevo, quería llevar una existencia que ya no fuera superficial ni vacía. Comprendió que el Maestro a quien servir era Cristo y que su prometida sería para siempre Nuestra Señora la Pobreza. Corría el año 1205. Tenía 23 años. Había nacido, de hecho, en 1182, de una mujer llamada Pica de Bourlémont, originaria de Provenza, donde su padre fue a comerciar con telas. Su nombre de bautismo era Juan, pero le llamaron Francisco, precisamente por las raíces familiares de su madre. Hasta el episodio del encuentro con el leproso, había pasado su juventud divirtiéndose y sin preocupaciones. Se había alistado en la milicia que defendía Asís, en el bando gibelino, contra Perusa, en el bando güelfo, pero fue hecho prisionero en la batalla de Collestrada (1202). Fue encarcelado durante un año hasta que su padre pagó un rescate. Durante ese tiempo, cayó enfermo y comenzó un cierto acercamiento a la fe. Una vez de vuelta con su familia, pasó su convalecencia en la finca de sus padres, acercándose cada vez más a la naturaleza, en la que vio una señal del Creador. A pesar del calvario, siguió soñando con convertirse en caballero. Por ello, partió hacia Apulia para luchar bajo el mando de Gualtiero di Brienne. Sin embargo, en Spoleto volvió a enfermarse. Sus sueños se habían hecho añicos. En ese momento, oyó una voz que le decía que regresara a Asís. Estas experiencias le habían marcado; ya no era el joven de antes. Decidió dar su dinero a la Iglesia y en limosnas.

    Pero eso no le bastaba. Hizo un peregrinaje a Roma y encontró un pobre. Quiso experimentar lo que significaba vivir en la pobreza, así que cambió sus ropas por las del miserable y comenzó a mendigar a las puertas de una Iglesia. Al final del día, recuperó sus ropas, dio lo que había obtenido al pobre y regresó a Asís. Desde ese momento, entendió que la pobreza no lo asustaría. No muy lejos de su casa estaba la vieja Iglesia de San Damiano, ya en ruinas. Solo quedaba un gran crucifijo pintado sobre madera. Un día, el crucifijo cobró vida y le dijo estas palabras: “Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, está toda en ruinas”. Su respuesta fue inmediata: “Con gusto, Señor”. Entonces, comenzó a vivir como ermitaño. La gente, sin embargo, lo tomó por loco y se convirtió en el hazmerreír de los ciudadanos. Su padre, preocupado porque pensaba que había perdido el juicio, lo llevó de vuelta a casa, lo encerró en su sótano y lo dejó solo con pan y agua durante varios días. Pero la intervención de su madre le permitió recuperar la libertad. El enfrentamiento con su padre llegó a un conflicto abierto, incluso patrimonial. De hecho, para recaudar dinero para restaurar la Iglesia de San Damiano, Francisco utilizó los ingresos de una venta de telas. Esta decisión no le gustó a su padre, quien lo denunció ante los consules de la ciudad. Luego, Pietro di Bernardone lo llevó a juicio ante el obispo Guido. En esa ocasión, Francisco realizó el gesto que ha pasado a la historia. En los locales de la antigua catedral de Asís, Santa María la Mayor, se despojó de toda su ropa para expresar su renuncia a toda propiedad terrenal. El obispo Guido, entonces, lo cubrió con su manto. Con este gesto, lo acogió bajo la protección de la Iglesia. Francisco declaró que Pietro di Bernardone ya no sería su padre, sino que lo sería el Padre de los Cielos. Estaba definitivamente libre de todo lazo o vínculo humano. Después de restaurar la iglesia de San Damiano, quiso reconstruir también otras iglesias, como Santa María de los Ángeles, conocida como la “Porziuncola”, y San Pedro de la Espina. Desprendido de todo, se vistió con una sencilla túnica e inauguró una nueva forma de vida. Recorrió ciudades y pueblos mendigando y anunciando la Palabra de Dios. Desde ese momento, nobles, burgueses, clérigos y laicos comenzaron a seguirlo y a vivir bajo su regla, después de haber renunciado a las preocupaciones y vanidades del mundo. Bernardo de Quintavalle fue el primero en dar todos sus bienes a los pobres. Algunos compañeros lo siguieron más de cerca. Se unieron a él Egidio de Asís, Pietro Cattani, Angelo Tancredi, Masseo, Leone y Ginepro. Pronto se convirtieron en doce. Francisco llamaba a sus compañeros “hermanos”.

    El 24 de febrero de 1209, Francisco acudió a la misa celebrada por un sacerdote en la capilla de la “Porziuncola”. Durante la lectura del pasaje de Mateo 10, 5ss, que hace referencia a la misión confiada por Jesús a los Apóstoles, comprendió que ése era el programa de vida al que estaba llamado.

    La primera Regla que escribió era un conjunto de citas del Evangelio y reglas de vida muy sencillas. Fue aprobada por Inocencio III en 1209. Con ella nació la Orden de los Hermanos Menores, que tenía como principios fundamentales la fraternidad, con vida en común, la humildad, el servicio a los últimos, la pobreza y el espíritu misionero.

    Conquistada por el ejemplo de Francisco, la joven Clara de los Offreducci, la tarde del Domingo de Ramos de 1211 o 1212, huyó de su casa para reunirse con él en la Porciúncula. Francisco le cortó el pelo y le hizo vestir el hábito franciscano. Al poco tiempo la siguió su hermana Inés: éste fue el comienzo de la Segunda Orden Franciscana.

    En 1217, en el Capítulo celebrado en Santa María de la “Porziuncola” en Asís, Francisco decidió enviar algunos hermanos a Francia, Alemania, Hungría, España y aquellas otras provincias de Italia donde sus discípulos aún no habían llegado.

    Comenzó así a enviar a los hermanos a predicar de dos en dos por las calles de pueblos y ciudades. Su forma de vida no consistía en permanecer en un monasterio, sino en compartir las dificultades y las pruebas de la vida con los demás. 

    Tres veces intentó Francisco llegar a Tierra Santa para convertir a los infieles. La primera, se embarcó en Ancona, quizá hacia 1212-1213, pero debido a una tormenta desembarcó en la costa de Dalmacia y regresó a Asís. Al año siguiente, intentó ir a Marruecos vía España, pero una enfermedad le obligó a regresar. La tercera vez fue en 1219, cuando se celebró el segundo capítulo general en la Porciúncula. Partió hacia Oriente vía Ancona. En agosto, llegó a Damietta sitiada por los cruzados; entonces, con el hermano Illuminato, quiso entrevistarse con el sultán al-Malik al-Kāmil, para anunciarle el Evangelio. No consiguió convertirlo, pero no fue objeto de persecución; al contrario, el sultán le dio un salvoconducto para viajar por sus dominios. En otoño de 1220 regresó a Italia.

    En 1219, un grupo de frailes menores vivía en la ermita de Olivais, cerca de Coimbra (Portugal). De allí partieron cinco frailes, primero a las regiones moras de Andalucía y luego a Marruecos, donde fueron martirizados por los sarracenos el 16 de enero de 1220. Un canónigo agustino, llamado Fernando, los había conocido en Coimbra. Impresionado por su testimonio, quiso entrar en la Orden de los Hermanos Menores, donde se convertiría en el famoso San Antonio de Padua.

    En 1223, Francisco quiso revivir el ambiente del nacimiento de Jesús. En Greccio, hizo preparar un pesebre, un asno y un buey. Los personajes eran los propios pastores y la gente del lugar. El altar para la celebración de la misa fue el pesebre y Francisco, que era diácono, cantó el Evangelio y luego predicó a los presentes, que habían acudido a conmemorar el nacimiento del Salvador.

    El 17 de septiembre de 1224, en La Verna, en las montañas del Casentino, meditaba sobre los sufrimientos de Cristo, cuando se le apareció un serafín que le imprimió los estigmas. En San Damián compuso en 1225 el famoso Cántico de las Criaturas. En junio de 1226 escribe su Testamento, donde subraya la importancia de conservar el espíritu original de la Regla, sin abandonar su vocación de ayudar a los últimos y a los necesitados.

    De regreso a Asís, sintiendo acercarse su muerte, se retira a la Porciúncula, habiendo llamado a su protector Iacopa de' Settesoli («hermano Iacopa»). Rodeado de sus frailes, les entregó su Testamento, que quiso que se observara como suplemento de la Regla, prohibiéndoles añadirle o interpretarlo. Murió el 3 de octubre de 1226, después de la puesta del sol.

    En la mañana del 4 de octubre, fue trasladado en solemne procesión desde la Porciúncula hasta la iglesia de San Jorge de Asís. En el camino, los restos mortales fueron mostrados a Clara y a sus hermanas en San Damián.

    Fue canonizado por Gregorio IX, en presencia de su madre Pica, el 16 de julio de 1228, tras uno de los procesos canónicos más rápidos de la historia de la Iglesia. Se examinaron unos cuarenta milagros realizados por él. Entre ellos, la curación de leprosos, hidrópicos y paralíticos. Pero también la fuga de náufragos, la liberación de prisioneros y la vuelta a la vida después de la muerte.  

    Sus restos mortales permanecieron en la iglesia de San Jorge hasta el 25 de mayo de 1230, fecha en la que fueron trasladados a la Basílica Inferior de Asís dedicada a él, construida por el Hermano Elías.

  • 4 de septiembre: Santa Rosalía

    Gracias a ella cesó la peste en Palermo

    Santa Rosalía vivió entre 1130 y 1170 aproximadamente, durante el reinado de Guillermo I de Sicilia, llamado “el Malo”. En aquella época se producía un despertar de la espiritualidad cristiana: tras el fin de la dominación árabe, floreció el monacato tanto bizantino como occidental, sostenido con entusiasmo por los reyes normandos. La vida eremítica, hecha de oración y soledad, representaba entonces una de las formas más altas de devoción.

  • 5 de abril: San Vicente Ferrer

    El ángel del Apocalipsis

    Fue conocido como el ángel del Apocalipsis por sus ardientes sermones sobre las postrimerías y el destino eterno que aguarda a la humanidad. Exhortaba a sus contemporáneos a vivir en coherencia con la fe profesada, anunciando el Evangelio con vigor y valentía, sin amedrentarse ante los poderosos de su tiempo.

    Hablamos de San Vicente Ferrer, nacido el 23 de enero de 1350 en Valencia, hijo de don Guillermo Ferrer y de doña Constanza Miguel.

  • 5 de agosto: Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor

    El milagro de la nieve en agosto

    Según una antigua tradición, durante el pontificado del Papa Liberio (352-366), un noble romano llamado Juan y su esposa, al no tener hijos, decidieron donar sus bienes a la Virgen María con el deseo de que se construyese una iglesia en su honor. En la noche del 4 al 5 de agosto del año 352, ambos tuvieron en sueños una aparición de la Virgen, quien les anunció que señalaría mediante un signo milagroso el lugar donde habría de levantarse el santuario.

  • 5 de diciembre: San Sabas, archimandrita abad

    Guía de muchos monjes

    San Sabas nació, en el año 439, en las cercanías de Cesarea de Capadocia. Criado en una familia profundamente vinculada a la fe cristiana, fue confiado desde muy joven a las enseñanzas del monasterio de Flavianae, donde recibió una formación sólida y maduró el deseo de abrazar la vida religiosa.

  • 5 de enero: San Juan Neumann, Obispo de Filadelfia

    El primer obispo estadounidense canonizado

    San Juan Neumann fue el primer obispo de los Estados Unidos en ser canonizado. Es conocido principalmente por su labor pastoral y educativa. Mientras fue obispo de Filadelfia, fundó el primer sistema escolar diocesano católico del país.

  • 5 de febrero: Santa Águeda, mártir

    La Santa que salvó varias veces su ciudad

    La joven Águeda es una de las mártires más conocidas y veneradas de la antigüedad cristiana.

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