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28 de diciembre: Santos Inocentes, mártires

Víctimas de la violencia del poder

Los Santos Inocentes son los niños de Belén que perdieron la vida a causa de la furia del rey Herodes, convirtiéndose así en las primeras víctimas inocentes vinculadas al nacimiento de Cristo. No con palabras, sino con su sangre, ofrecieron un testimonio silencioso de fe y de sacrificio.

En el tiempo del nacimiento de Jesús, durante el reinado de Herodes, unos Magos venidos de Oriente llegaron a Jerusalén en busca del «rey de los judíos», guiados por la aparición de una estrella extraordinaria. Al conocer el motivo de su viaje, Herodes, turbado y dominado por el temor, concibió el designio de eliminar al recién nacido, inquieto ante la posibilidad de que su poder terreno se viera amenazado por un rey de origen divino.

Para ocultar sus verdaderas intenciones, fingió el deseo de rendir homenaje al niño y envió a los Magos a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente acerca del niño y, cuando lo encontréis, comunicádmelo, para que yo también vaya a adorarlo» (Mt 2, 8). Pero Dios frustró su engaño: los Magos regresaron a su tierra por otro camino, evitando pasar de nuevo por Jerusalén.

Preso de la ira, Herodes ordenó la matanza de todos los niños menores de dos años en Belén y en sus alrededores, con la esperanza de eliminar también a Jesús. El niño, sin embargo, escapó a la persecución gracias a la advertencia de un ángel, que se apareció en sueños a José: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise; porque Herodes va a buscar al niño para matarlo» (Mt 2, 13-15).

Los soldados del rey ejecutaron la orden con crueldad, arrancando a los recién nacidos de los brazos de sus madres y dándoles muerte sin compasión. En aquel drama se cumplió la profecía de Jeremías: «Se oyó una voz en Ramá, llanto y gran lamentación: Raquel llora por sus hijos y no quiere ser consolada, porque ya no existen» (Mt 2, 18).

La Iglesia recuerda a estos pequeños mártires celebrando su inocencia y su pureza, signo elocuente del precio que la fe puede exigir incluso en la edad más temprana de la vida.

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