12 de febrero: San Benito de Aniane, Abad
Reformador de la vida monástica
Benito de Aniane, cuyo nombre secular era Vitiza, nació hacia mediados del siglo VIII en el sur de Francia, en el seno de una noble familia de origen visigodo. A los veintisiete años, su vida experimentó un cambio radical. Durante una expedición militar a Pavía, estuvo a punto de perder la vida al intentar salvar a su hermano, que había caído en el río Tesino. Profundamente conmocionado por aquel suceso, hizo voto de consagrarse enteramente a Dios. Fiel a su promesa, hacia el año 774 ingresó en el monasterio de Saint-Seine, cerca de Dijon.
Tras algunos años de vida monástica, a la muerte del abad rechazó asumir el gobierno del monasterio, al considerar que la comunidad había perdido el rigor originario. Se retiró entonces en soledad a lo largo del curso del pequeño río Aniane, en el sur de la Galia. En aquel lugar inició una forma de vida consagrada inspirada en las reglas orientales de Basilio y Pacomio; sin embargo, la excesiva severidad de esta primera experiencia pronto desanimó a los pocos que le seguían.
Un segundo intento, más equilibrado, atrajo en cambio a numerosos discípulos. Se construyó así un monasterio sencillo, marcado por el espíritu de pobreza. Tras una profunda reflexión, llegó a la convicción de que, para el contexto occidental, la Regla de san Benito era la más adecuada. Hacia el año 787 mandó edificar una nueva iglesia y un monasterio plenamente inspirados en el espíritu benedictino.
Su fama no tardó en llegar a la corte imperial. A este respecto, Carlomagno le concedió importantes privilegios para su comunidad, entre ellos la autonomía y el derecho a elegir libremente al abad. Su compromiso fue mucho más allá del monasterio de Aniane. Comenzó a visitar las comunidades cercanas, apoyándolas e instruyendo a los monjes. En poco tiempo, alrededor de trescientos monjes residían en Aniane.
Promovió también la fundación de nuevos monasterios, estableciendo un límite en el número de monjes. Estos cenobios quedaban vinculados a Aniane mediante un lazo estable: nacía así una primera forma de organización congregacional en el ámbito benedictino.
Con la subida al trono de Ludovico Pío, Benito recibió el encargo de reformar los monasterios de Aquitania y, posteriormente, los de toda Francia. Para asegurar su presencia, el emperador mandó construir un nuevo monasterio cerca de Aquisgrán, conocido más tarde como Kornelimünster. Allí vivió Benito, convocando a monjes procedentes de diversas abadías. En el año 817 fue el alma de una gran asamblea benedictina celebrada en Aquisgrán, convocada con el fin de unificar la vida monástica en todo el imperio.
De aquel encuentro nació el Capitulare Institutum, un texto articulado en setenta y cinco capítulos, destinado a aclarar e integrar diversos aspectos de la Regla benedictina. Aprobado por el emperador, se convirtió en vinculante para todos los monasterios del imperio. Este proyecto de uniformidad total y de fuerte centralización no resistió durante mucho tiempo las crisis políticas y las invasiones posteriores, pero dejó una huella duradera. Entre sus legados destacan la necesidad de clarificaciones de la Regla, la centralidad de la liturgia y una especial atención a la organización de la vida monástica. Este espíritu sería retomado y desarrollado, más de un siglo después, por la abadía de Cluny. Por ello, después de san Benito de Nursia, ningún otro monje ejerció una influencia tan decisiva sobre el monacato de Occidente como Benito de Aniane.
La actividad de Benito no se limitó, sin embargo, a la reforma monástica. Animado por un profundo celo pastoral, fue también predicador. Murió el 11 de febrero de 821 en el monasterio de Kornelimünster.
