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22 de diciembre: Santa Francisca Javiera Cabrini

Madre de los emigrantes

Última hija de una numerosa familia de diez hermanos, María Francisca Cabrini nació el 15 de julio de 1850 en Sant’Angelo Lodigiano, cerca de Milán. Desde niña escuchaba con fascinación los relatos de los misioneros, y aquellas narraciones despertaron en ella el deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa.

Estudió con rigor y llegó a ser maestra titulada. Intentó ingresar en el instituto de las Hijas del Sagrado Corazón, sus antiguas educadoras, pero la fragilidad de su salud le cerró esa posibilidad. Ello no la hizo desistir de su vocación: aceptó la invitación de don Antonio Serrati para trabajar en la Casa de la Providencia de Codogno, donde ejerció como docente y asumió responsabilidades de gobierno. Allí emitió los votos en 1877 y añadió a su nombre el de Javier, en honor del gran misionero jesuita.

Las dificultades de la comunidad en la que vivía llevaron al obispo de Lodi, Domenico Gelmini, a aconsejarle la fundación de un instituto propio. Así, en 1880, junto a siete jóvenes, dio origen a las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. Francisca se reveló como una mujer de fe ardiente y de extraordinaria capacidad de iniciativa: siempre lograba encontrar apoyos, recursos y ayudas para hacer crecer sus obras.

Desde la infancia había soñado con evangelizar Oriente, pero el encuentro con el obispo Scalabrini —comprometido en la asistencia a los emigrantes italianos— y, más tarde, la audiencia con León XIII cambiaron radicalmente su rumbo. El Papa le dijo: «No hacia Oriente, sino hacia Occidente». Su misión no sería China, sino los Estados Unidos de América, donde miles de italianos vivían en condiciones de extrema precariedad.

En 1889 llegó a Nueva York con algunas hermanas. Las dificultades iniciales fueron numerosas, pero Cabrini no se dejó abatir. Organizó catequesis y escuelas, acogió huérfanos y fundó casas e instituciones pese a obstáculos enormes. Para los emigrantes se convirtió en guía, educadora, madre y apoyo: trabajó para devolverles dignidad y arraigo, ayudándolos a integrarse sin perder su identidad cultural. Su obra, sostenida por las religiosas y por numerosos colaboradores laicos, aspiraba a construir una sociedad más justa y fraterna.

Con el tiempo comenzaron a llegar solicitudes desde todas partes del mundo. Francisca viajó sin descanso: cruzó varias veces el Atlántico, recorrió América Latina a caballo y a pie, y visitó Europa y Estados Unidos para fundar escuelas, hospitales, orfanatos y otras obras de misericordia. Al final de su vida, las instituciones por ella creadas ascendían a sesenta y siete.

Estaba convencida de que el éxito de la misión no dependía únicamente de la actividad exterior, sino sobre todo de la oración; por ello insistía en la adoración y en la unión constante con Dios como fundamento del apostolado. Junto a las innumerables tareas materiales —edificios, fondos, reconstrucciones, nuevas fundaciones—, su principal empeño fue dar a conocer y difundir el amor del Corazón de Jesús, especialmente entre los más pobres.

Tras años vividos sin ahorrar energías, murió el 22 de diciembre de 1917 en Chicago. Fue proclamada beata en 1938 y canonizada en 1946 por Pío XII. En 1950 fue declarada Patrona de todos los emigrantes. Es la primera ciudadana de los Estados Unidos de América canonizada por la Iglesia católica.

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