13 de febrero: Beata Cristina de Spoleto, Agustina
Oración, penitencia y caridad hacia los pobres
La vida de Cristina de Spoleto cambió radicalmente cuando, hacia mediados del siglo XV, decidió romper con su pasado. A una edad muy temprana, probablemente poco después de 1450, dejó a su familia para recibir el hábito de las Agustinas seculares. Hasta entonces se sabía muy poco de esta joven, llamada Cristina, que deseaba seguir a Cristo sin reservas. Desde ese momento, su existencia estuvo marcada por continuos desplazamientos, sin residencia estable, en una incesante búsqueda de Dios.
Vivió en diversos ambientes vinculados a la Orden Agustiniana, sin permanecer durante mucho tiempo en ninguna comunidad. Se dedicaba intensamente a la oración, a la penitencia y a la caridad hacia los pobres y los que sufrían; pero, cuando advertía que atraía la atención de los demás, se trasladaba a otro lugar. Con el propósito de dirigirse a Asís y a Roma, para continuar posteriormente su peregrinación hasta Tierra Santa, llegó a Spoleto junto con otra terciaria. Allí se dedicó al cuidado de los enfermos acogidos en el hospital de la ciudad.
Tras algunos años vividos en el seguimiento de Cristo, murió en 1458, probablemente sin haber cumplido aún los treinta años. Sobre estos elementos fundamentales existe concordancia en la tradición hagiográfica. Son escasos, en cambio, los datos ciertos anteriores a su decisión de «huir del mundo permaneciendo en el mundo», expresión con la que fue definida su opción de vida. Precisamente por esta falta de información, su figura ha sido identificada con nombres y orígenes diversos.
Según algunas hipótesis, Cristina habría pertenecido a una familia noble, como los Visconti de Milán o los Semenzi de Calvisano, en la región de Brescia, y su huida habría estado motivada por el rechazo de un matrimonio impuesto. Otros relatos, en cambio, la llaman Agustina y la sitúan en las proximidades del lago de Lugano, nacida entre 1432 y 1435, hija de un médico. Casada muy joven, habría quedado pronto viuda; posteriormente habría mantenido una relación de la que nació un hijo fallecido a temprana edad y, tras un segundo matrimonio, habría perdido nuevamente al esposo, asesinado por un soldado que se había enamorado de ella.
Lo cierto es que Cristina fue sepultada en la iglesia agustiniana de San Nicolás de Spoleto. Inmediatamente después de su muerte se difundió su fama de santidad, alimentada por numerosos episodios considerados milagrosos y atribuidos a su intercesión. Este culto espontáneo, que fue creciendo con el tiempo, recibió el reconocimiento oficial en 1834, cuando Gregorio XVI confirmó su beatificación.
