25 de diciembre: Solemnidad del Santo Nacimiento del Señor
El Verbo se hizo carne
El nacimiento de Jesús en el mundo, aunque no pueda fecharse con precisión ni en el año ni en el día, ya era honrado como celebración tanto en las comunidades cristianas orientales como en las occidentales a comienzos del siglo IV.
De manera progresiva, gracias al peso de la tradición romana, se impuso la conmemoración del 25 de diciembre, fecha elegida también para contrarrestar la antigua festividad pagana dedicada al sol naciente, que coincidía precisamente con el período del solsticio de invierno. Los cristianos reconocieron en ese día el signo de la irrupción en el mundo de la luz verdadera, Cristo, que disipa las tinieblas producidas por el pecado.
En las regiones orientales, en cambio, el misterio de la Encarnación se recordaba el 6 de enero con la solemnidad de la Epifanía. Sin embargo, una homilía de san Juan Crisóstomo testimonia que en Antioquía ya se celebraban ambas fiestas: la Navidad el 25 de diciembre y la Epifanía el 6 de enero. La difusión y consolidación de estas dos solemnidades se vieron favorecidas también por las controversias cristológicas de los siglos IV y V —en particular las vinculadas a las doctrinas de Arrio, Nestorio y Eutiques—, que ponían en cuestión la verdadera divinidad del Verbo o confundían indebidamente la naturaleza divina y la naturaleza humana. Tales errores fueron rechazados por los grandes concilios ecuménicos de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia, que reafirmaron la plena divinidad y la verdadera humanidad de Cristo.
Los textos litúrgicos de la Navidad y de la Epifanía insisten reiteradamente en esta verdad: el Hijo de Dios asumió la carne sin perder su igualdad con el Padre y sin confundir las dos naturalezas, que permanecen completas y distintas. En Roma, ya desde los primeros siglos, se estableció además la costumbre de celebrar tres misas en el día de Navidad, por razones tanto espirituales como pastorales.
Vivir cristianamente esta solemnidad implica conformarse al estilo de vida elegido por Jesús: sencillez, servicio y donación radical de sí mismo. Los fieles laicos, en particular, están llamados a encarnar este misterio en la vida cotidiana, contribuyendo a santificar el mundo a través de su trabajo, iluminado por el espíritu de las bienaventuranzas. Las iniciativas propias del tiempo navideño —desde el belén hasta el árbol, pasando por los gestos de solidaridad— han de brotar de una auténtica intención evangelizadora y convertirse en ocasión para irradiar la luz del Evangelio en la vida de las personas, de las familias y de toda la sociedad.
