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23 de enero: Beata Benedetta Bianchi Porro

Unida al sufrimiento de Cristo para la salvación de los hermanos

Benedetta Bianchi Porro nació el 8 de agosto de 1936 en Dovadola, en la provincia de Forlì, primogénita del ingeniero Guido Bianchi Porro y de la ama de casa Elsa Giammarchi. El parto, aunque regular, provocó una grave hemorragia que llevó a la madre a solicitar de inmediato el bautismo para la recién nacida, a quien se le impuso el nombre de Benedetta.

En los días siguientes, el rito bautismal fue confirmado oficialmente en la iglesia por el párroco, don Luigi Lasi. La primera infancia de Benedetta estuvo marcada por frecuentes enfermedades, entre ellas episodios de bronquitis, otitis y exantemas, y en noviembre de ese mismo año fue afectada por la poliomielitis, que le dejó la pierna derecha más corta y delgada, obligándola a utilizar calzado ortopédico.

Criada entre Milán y diversas localidades como Cesenatico y Rímini, Benedetta vivió la experiencia de una familia en expansión con el nacimiento de sus hermanos Gabriele, Emanuela, Corrado y Carmen. A pesar de la enfermedad y de las limitaciones físicas, su inteligencia precoz y su viva curiosidad por el estudio se manifestaron desde muy pronto: se saltó el segundo curso de primaria y destacó siempre por su rendimiento escolar, mostrando además una profunda sensibilidad religiosa, como testimonia el diario que comenzó a escribir a los ocho años.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la familia afrontó bombardeos y continuos desplazamientos, pero Benedetta siguió sobresaliendo en los estudios y cultivando su vida espiritual, recibiendo la Primera Comunión y la Confirmación. Desde la infancia, la fe se convirtió para ella en una presencia constante, un sostén en los momentos de sufrimiento físico y psicológico. Los años de la adolescencia estuvieron marcados por frecuentes hospitalizaciones, intervenciones ortopédicas y graves problemas de salud que no lograron apagar su entusiasmo por el estudio y por la vida: completó brillantemente la educación secundaria y superior, distinguiéndose siempre por calificaciones excelentes.

En 1953, tras obtener el bachillerato clásico, Benedetta se matriculó en la Universidad Estatal de Milán, inicialmente en la Facultad de Física, pero pronto cambió de orientación hacia Medicina, impulsada por un profundo deseo de ayudar a los demás. Los años universitarios estuvieron caracterizados por resultados académicos brillantes, pero también por la aparición de síntomas cada vez más graves: mareos, dolores, trastornos auditivos y visuales. En 1956, con tan solo veinte años, fue la propia Benedetta quien, gracias a los conocimientos adquiridos y a la lectura atenta de textos médicos, diagnosticó su enfermedad: una neurofibromatosis que la conduciría progresivamente a la parálisis total.

A pesar de la gravedad de la dolencia, Benedetta afrontó dolorosas intervenciones quirúrgicas con extraordinario coraje y serena aceptación. Entre los periodos de hospitalización en Milán y Sirmione, su vida estuvo marcada por una intensa actividad espiritual, por el estudio, por la escritura de pensamientos y cartas, y por el arte: pintaba, tocaba el piano y realizaba trabajos de dibujo incluso cuando su movilidad disminuía progresivamente. Las peregrinaciones a Lourdes, en 1962 y 1963, constituyeron momentos fundamentales de su camino espiritual, durante los cuales Benedetta comprendió profundamente el sentido de su sufrimiento y descubrió la «riqueza interior» que brota de la fe, afirmando que la gracia recibida superaba con creces cualquier pérdida física.

Los últimos años de su vida estuvieron señalados por la pérdida total de la vista, la parálisis de las extremidades inferiores y el deterioro de otras funciones corporales, pero Benedetta continuó comunicándose con amigos y familiares mediante un alfabeto táctil, compartiendo reflexiones espirituales de notable profundidad. Su serenidad y su alegría interior no disminuyeron jamás, como atestiguan las palabras de su diario: encontraba en Dios un consuelo constante y un sentido pleno al dolor.

Benedetta murió en Sirmione el 23 de enero de 1964, a los veintisiete años, pronunciando sus últimas palabras de gratitud. Fue sepultada inicialmente en Dovadola y, el 22 de marzo de 1969, sus restos fueron trasladados a la Abadía de San Andrés. La beatificación tuvo lugar en la catedral de Forlì el 14 de septiembre de 2019.

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