23 de febrero: San Policarpo, Padre de la Iglesia
Maestro de la verdad y de la doctrina
La figura de Policarpo constituye una columna fundamental del cristianismo de los orígenes. Es el eslabón que une la época apostólica con las generaciones posteriores. Obispo de Esmirna y protagonista de la primera reflexión teológica de la Iglesia, encarnó una fidelidad absoluta al Evangelio, vivida sin concesiones ni compromisos.
Su nombre, de origen griego, remite a la idea de abundancia y fecundidad, un significado que refleja con precisión una personalidad que dejó una huella profunda en la historia de la Iglesia. Nacido hacia finales del siglo I, probablemente en el territorio de Esmirna, vivió en una época marcada por profundas convulsiones políticas y religiosas. Las grandes figuras apostólicas acababan de desaparecer y la destrucción de Jerusalén había obligado a muchas comunidades cristianas a dispersarse, favoreciendo, sin embargo, encuentros decisivos entre las nuevas generaciones y quienes habían conocido directamente a Jesús.
Según la tradición, Policarpo creció en un entorno ya cristiano. Se afirma que fue convertido alrededor del año 80 directamente por el apóstol Juan. Este vínculo privilegiado con el último de los Doce aún con vida le otorgó una autoridad moral y doctrinal singular, que lo convirtió en un punto de referencia para las Iglesias de Asia Menor.
Tras ejercer el ministerio presbiteral, fue ordenado obispo a una edad relativamente joven. Su acción pastoral se caracterizó por el equilibrio, la firmeza doctrinal y una atención constante a la comunión eclesial.
En los últimos años de su larga vida, Policarpo emprendió un viaje a Roma con un doble propósito: por un lado, manifestar la comunión con el Obispo de Roma, reconocido como punto de unidad para todos los cristianos; por otro, afrontar una cuestión delicada, la fecha de la celebración de la Pascua. Las costumbres entre Oriente y Occidente diferían y, aunque no se alcanzó una solución común, el encuentro se desarrolló en un clima de respeto mutuo.
El contexto político del siglo II, aun sin persecuciones sistemáticas, seguía siendo hostil a los cristianos. Las tensiones sociales y las acusaciones populares desembocaban con frecuencia en episodios de violencia local, tolerados por las autoridades.
El relato del martirio de Policarpo, conservado en una de las más antiguas testimonios cristianos —el Martyrium Polycarpi, redactado entre los años 155 y 156 en forma de carta de la Iglesia de Esmirna— describe con precisión los últimos momentos del obispo. Invitado a ponerse a salvo, se negó a abandonar a su comunidad. Cuando fue arrestado, acogió a los soldados con serenidad y pidió únicamente un tiempo para orar. Conducido ante el procónsul, se le ofreció reiteradamente la posibilidad de renegar de Cristo, pero su respuesta fue inquebrantable: no podía traicionar a Aquel a quien había servido fielmente durante toda su vida.
Condenado a la hoguera, afrontó la muerte como una ofrenda, alabando a Dios por haber sido considerado digno del martirio. Según el testimonio de los presentes, el fuego no lo consumió de inmediato, y solo un golpe final puso fin a su vida. Corría aproximadamente el año 155, y Policarpo se convertía en uno de los testigos más luminosos de la fe cristiana primitiva.
Sus reliquias fueron recogidas con veneración por los fieles, que mantuvieron viva la memoria de su obispo y mártir. Su legado espiritual perduró no solo en el culto, sino también en los escritos y enseñanzas transmitidos a sus discípulos, entre ellos Ireneo de Lyon. Su Carta a los Filipenses sigue siendo una fuente esencial para comprender la vida, la fe y la organización de la Iglesia primitiva.
