11 de mayo: San Ignacio de Laconi
El limosnero de Dios
Recorría las calles de la ciudad pidiendo limosna y ofreciendo la Palabra de vida a cuantos encontraba en su camino. Era analfabeto, de salud frágil, pero en la escuela de san Francisco de Asís supo pacificar los ánimos y convertir a los pecadores.
Se llamaba, en el siglo, Vincenzo Cadello Pesi. Había nacido en Laconi, en la actual provincia de Oristano, en Cerdeña, el 17 de diciembre de 1701, en el seno de una familia de humildes campesinos. Educado cristianamente, ya desde niño era conocido como el “santarello”.
Nunca pudo asistir a la escuela ni aprender a leer y escribir. Todas las mañanas servía la misa como monaguillo. A los dieciocho años, a causa de una enfermedad, quedó postrado en cama y llegó a encontrarse al borde de la muerte. Hizo entonces una promesa a Dios: si sanaba, entraría en la Orden franciscana. Sin embargo, una vez recuperada la salud, no cumplió su promesa y, por el contrario, perdió el fervor que lo había caracterizado hasta entonces.
Un episodio, sin embargo, le recordó el voto realizado. En el otoño de 1721, mientras cabalgaba, estuvo a punto de precipitarse por un barranco, ya que el animal se desbocó. Tras salvarse del peligro, decidió ingresar en el convento.
A comienzos de noviembre de 1721 llamó a las puertas del convento de Buoncammino, en Cagliari, solicitando ser admitido entre los Frailes Menores Capuchinos. El padre provincial, sin embargo, rechazó su petición debido a su frágil salud, ya que un hermano lego debía desempeñar todo tipo de trabajos.
Junto con su padre, acudió entonces al marqués de Laconi, Gabriele Aymerich, para solicitar su intervención. El marqués defendió su causa y el provincial lo admitió. Recibió el hábito y cambió su nombre por el de Ignacio, profesando el 10 de noviembre de 1722.
Durante veinte años fue destinado a diversos encargos, primero en Iglesias y después en Domusnovas, Sanluri, Oristano y Quartu. De regreso al convento de Buoncammino en Cagliari, se le encomendó el cuidado del taller de lana, donde se preparaba el tejido para el hábito de los frailes.
Hacia 1742, y hasta su muerte, fue destinado a la cuestación en la ciudad. Recorrió las calles de Cagliari con una alforja al hombro, pidiendo pan y víveres para los frailes y para los pobres, y ofreciendo a cambio el mensaje de salvación del Evangelio. A él acudían niños y jóvenes para escuchar sus palabras de sabiduría. Por todos oraba y hacía penitencia. Pronto también personas influyentes de la ciudad recurrieron a él en busca de consejo y discernimiento.
Se cuenta que durante la cuestación obraba también milagros. Uno de ellos se hizo célebre. Había en la ciudad un comerciante que se había enriquecido oprimiendo a los pobres.
Fray Ignacio nunca se detenía ante su casa, consciente del origen de su riqueza. El comerciante acudió entonces al guardián del convento, quien, por obediencia, ordenó a fray Ignacio que pasara por aquella casa. Tras recibir las ofrendas, comenzó a brotar sangre de la alforja de fray Ignacio hasta su llegada al convento. Al entregar lo recibido, y ante la petición de explicaciones, respondió “Padre, es sangre de los pobres”.
Murió el 11 de mayo de 1781 en el convento de Buoncammino. El 16 de junio de 1940, Pío XII lo declaró beato y, el 21 de octubre de 1951, lo canonizó.
