23 de marzo: Santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de Lima
Defensor de los indios
Aún era laico cuando fue nombrado arzobispo de Lima y era ya un jurista de gran prestigio. Originario de España, se vio impulsado a partir hacia el Nuevo Mundo, cambiando radicalmente de vida.
Se trata de Toribio, perteneciente a la noble familia de los Mogrovejo. Nació en Mayorga (Valladolid) en 1538. Tras sus estudios de derecho, se convirtió en un reconocido experto en Derecho canónico y enseñó en la Universidad de Salamanca. El rey de España lo eligió para enviarlo al Perú como arzobispo de Lima, ciudad que, en su fundación el 18 de enero de 1535, se llamó Ciudad de los Reyes, por su cercanía a la solemnidad de la Epifanía.
Era el año 1580 cuando Toribio aceptó el encargo real y, en poco tiempo, recibió todos los órdenes sagrados hasta el episcopado. La misión que le esperaba no era sencilla. Sabía bien que debía enfrentarse a los poderes locales que dominaban en el Perú. En efecto, a su llegada en 1581, constató la dramática situación de pobreza y exclusión en la que vivían los indios. Su acción en favor de ellos afectó los privilegios de los conquistadores españoles, que reaccionaron en su contra.
Toribio no escatimó esfuerzos y comenzó a recorrer toda la diócesis, de miles de kilómetros de extensión, incluso a pie, con tal de llegar a los pueblos más remotos. Inició la reforma del clero, sobre todo mediante su propio ejemplo de vida, e impuso a los sacerdotes el estudio de las lenguas indígenas, el quechua y el aimara, como él mismo hizo. Mandó imprimir el Catecismo de la Iglesia católica en lenguas indígenas, y no solo en español. Gracias a su conocimiento de las lenguas del pueblo, logró la conversión de miles de personas.
Durante su episcopado fundó un centenar de parroquias, convocó un concilio panamericano, dos concilios provinciales y doce sínodos diocesanos. En el curso de una epidemia de peste, se puso al servicio de los enfermos, ofreciéndoles todo cuanto poseía.
Murió en 1606, mientras se encontraba de viaje, en Saña. Benedicto XIII lo canonizó en 1726 y san Juan Pablo II, en 1983, lo proclamó Patrono del Episcopado latinoamericano.
