Una vida entera consagrada a la predicación, al anuncio de la salvación para todos los hombres, en la verdad y en la pobreza. Uniendo contemplación y acción al servicio de la Iglesia y del Reino de Dios.
San Severino del Nórico, nacido hacia el año 410, es una figura central del cristianismo tardoantiguo. Reconocido como santo tanto por la Iglesia católica como por la ortodoxa, dedicó su vida a la evangelización de la provincia romana del Nórico, en la actual Austria, donde fundó numerosas comunidades monásticas. El territorio que frecuentó con mayor asiduidad fue la llanura danubiana, entre Carnuntum y el área de Passavia, la actual Passau.
Era una niña feliz, perteneciente a una familia animista acomodada, que vivía en Olgossa, en la región de Darfur, en Sudán. Tenía nueve años, en 1878, cuando fue secuestrada por mercaderes de esclavos. Su vida se transformó inmediatamente en una pesadilla. El shock fue tal que ni siquiera pudo recordar su nombre, y sus secuestradores, en tono de burla, la llamaron “Bakhita”, que significa “la afortunada”.
«Apenas Pedro reconoció al Señor, se arrojó al agua y fue hacia Él, mientras los demás llegaron en la barca. [Este hecho…] es un signo de la singular autoridad de Pedro como Pontífice […]. [Pedro] recibió el gobierno de todo el mundo, no de una sola nave como ocurrió con los demás Apóstoles.
San Juan de Dios, cuyo nombre de nacimiento era Juan Ciudad, nació en 1495 en Montemor-o-Novo, Portugal. Pasó sus primeros años en esa ciudad antes de trasladarse a Oropesa, España, a la edad de ocho años. Participó en dos guerras, una en Fuenterrabía, en los Pirineos, y otra en Viena contra los turcos. Tras estos acontecimientos, regresó a España e inició un largo viaje de búsqueda espiritual, que lo llevó por diversas ciudades, entre ellas Sevilla, Ceuta, Gibraltar y, finalmente, Granada, donde trabajó como vendedor de libros. Después de escuchar una predicación de San Juan de Ávila, experimentó una profunda transformación espiritual, hasta el punto de proclamar su “locura” por Dios, lo que llevó a que lo recluyeran en el Hospital Real de Granada. Una vez liberado, decidió dedicarse por completo al servicio del Señor.
Isabel Catez nació en 1880 en Camp d’Avor, cerca de Bourges. En su niñez reveló un carácter fuerte, a veces impetuoso y propenso a los arrebatos; sin embargo, su temperamento cambió profundamente cuando su madre le explicó el significado de la Primera Comunión: para recibir a Jesús era preciso ofrecerle un corazón humilde, dócil y disponible.
En el corazón del Imperio bizantino, un antiguo calendario litúrgico promulgado por el emperador Basilio II conserva los nombres de algunos mártires cristianos: entre ellos se encuentra Pelagia, junto a Domecio, Áquila —indicado como eparca— y Teodosio. Su memoria, custodiada en la tradición oriental, llegó también a Occidente a través del Martirologio Romano.
La Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa se unen en la celebración de la Natividad de María. Esta festividad nació en Oriente y fue introducida en Roma por Sergio I en el siglo VII. En ese día, una procesión partía de la iglesia de San Adriano en el Foro y llegaba a la Basílica de Santa María la Mayor. Según el calendario litúrgico, se conmemora el 8 de septiembre. En Oriente, la Natividad de María ya se celebraba en el siglo IV, vinculada a la construcción de la Basílica de Santa Ana en Jerusalén. Este lugar de culto se alzaba en el sitio donde se encontraba la casa en la que María nació de Ana y Joaquín. Desde Jerusalén, el recuerdo de la Natividad de María pasó a Constantinopla, y la Iglesia de Oriente la celebra vinculándola a la Concepción. No se debe olvidar que solo de Jesús, María y Juan el Bautista la Iglesia celebra el nacimiento en la tierra, además del nacimiento en el Cielo.
Consagrado en la Orden de San Agustín, aceptó por obediencia la dignidad episcopal. Fue un celoso pastor que mostró un gran amor por los pobres, hasta el punto de donar todo a los necesitados, sin reservarse ni siquiera una pequeña cama. Es San Tomás de Villanueva, en el siglo Tomás García Martínez. Nació hacia finales de 1486 en Fuenllana, Ciudad Real (España), de padres religiosos y caritativos, de quienes heredó un entrañable amor por los pobres.
Santa Valdetrudis (Waudru) de Mons nació en Cousolre, en el norte de Francia, hacia el año 612, en el seno de una familia noble franca. Su padre, san Walberto, era funcionario en la corte de Clotario II, rey de los merovingios, y su madre, santa Bertila de Turingia, era hija de un rey.
Una búsqueda constante de la verdad, hasta el encuentro con Cristo y con su Cruz. Judía de nacimiento, filósofa y escritora, Edith Stein abrazó la fe católica y eligió consagrarse a Dios entre las Carmelitas Descalzas. Es Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Nació el 12 de octubre de 1891 en Breslavia (hoy en Polonia), en el seno de una familia judía. Su madre, una mujer fuerte y creyente, educó a sus hijos en el respeto y la responsabilidad. Sin embargo, durante la adolescencia, Edith perdió la fe, al no encontrar respuestas satisfactorias a sus hondas preguntas interiores.
La aparición de la Virgen María en Guadalupe, en México, está llena de significados espirituales y culturales, y en el centro se encuentra la figura de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin: un hombre sencillo, de origen indígena, que, mediante su fe sincera, se convirtió en instrumento de un diálogo entre culturas diversas.
Mediador y artífice de paz en las disputas entre los municipios enfrentados, San Andrés Corsini, religioso carmelita y obispo de Fiesole, fue incluso encarcelado por su celo en favor de la concordia.
La historia de Apolonia se conoce gracias al testimonio indirecto transmitido por Eusebio de Cesarea, que vivió entre los siglos III y IV. En su obra hace referencia a una carta escrita por el obispo Dionisio de Alejandría y dirigida a Fabio, obispo de Antioquía. En ese texto se describen con detalle los hechos sufridos por Apolonia, de los cuales el autor afirma haber sido testigo directo.
Fue favorecida con fenómenos místicos, tuvo visiones del Infierno y del Purgatorio, y recibió incluso los estigmas, hasta el punto de suscitar las dudas de la Inquisición, que, tras un minucioso examen, certificó su autenticidad.
Mujer, laica, esposa, madre de siete hijos, y terciaria de la Orden de la Santísima Trinidad. Así fue la Beata Ana María Taigi, quien alcanzó la santidad en el estado matrimonial. Nació en Siena el 29 de mayo de 1769 y fue bautizada al día siguiente. Debido a dificultades económicas, su familia —sus padres eran Luigi Riannetti y Maria Masi— se trasladó a Roma cuando ella tenía seis años. En la capital fue confiada a las Maestras Pías Filipenses, donde, en tan solo dos años, recibió una educación completa.
Es el fundador del monacato cenobítico y el primero que redactó una regla para la vida comunitaria. Se trata de san Pacomio, nacido hacia el año 292 en la Tebaida, región del Alto Egipto, en el seno de una familia pagana. A los veinte años fue reclutado a la fuerza por los ejércitos imperiales de Constantino para hacer frente a las incursiones persas. Recluido en una guarnición de Tebas junto a otros soldados y privado de alimento, fue socorrido por los cristianos del lugar. Impresionado por su caridad, Pacomio oró al Dios de los cristianos, prometiéndole que, si lo liberaba de sus cadenas, consagraría su vida al servicio de los hermanos. Y así fue: una vez puesto en libertad, se convirtió y recibió el bautismo.
La Archibasílica del Santísimo Salvador y de los Santos Juan Bautista y Evangelista, comúnmente conocida como San Juan de Letrán, es la Catedral de Roma. Mater et Caput de todas las Iglesias de Urbe y Orbe, es un punto de referencia para la Iglesia Universal. El 9 de noviembre celebramos su consagración, que tuvo lugar en el año 324 por el Papa Silvestre. Hace exactamente 1700 años.
Jesús, “quédate con nosotros y comenzaremos a brillar como Tú brillas, a ser una luz para los demás” (Meditations on Christian Doctrine, VII, 3). Esta célebre frase del Cardenal John Henry Newman resume su pensamiento y su legado. Fue una figura incómoda en su tiempo, que suscitó reacciones diversas, incluso entre los católicos. A él se debe la apertura hacia los laicos y su participación en la evangelización en una Inglaterra del siglo XIX, aferrada a las tradiciones y reacia a las innovaciones. Newman no fue un hombre que se acobardara y promovió un laicado inteligente y bien instruido: “Quiero un laicado que no sea arrogante, ni precipitado en sus palabras, ni polémico, sino hombres que conozcan su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde se sitúan, qué creen y qué no creen, que conozcan su credo tan bien como para dar razón de él, que conozcan tan bien la historia como para poder defenderlo” (The Present Position of Catholics in England, IX, 390). Así, involucró a los laicos en la enseñanza y la catequesis, enfrentando oposición incluso entre el clero.
Durante cuarenta años se dedicó por completo a instruir, bautizar y acompañar a los esclavos africanos que llegaban a Sudamérica. Su entrega fue tan absoluta que se definió a sí mismo como “esclavo de los esclavos”, sirviendo con humildad y caridad. Es San Pedro Claver, quien vivió plenamente el Evangelio al servicio de aquellos que la sociedad de su tiempo consideraba simples despojos, ni siquiera verdaderas personas.
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