Nacido hacia el año 310 en una noble y rica familia pagana de Poitiers, en Aquitania, Hilario recibió una formación cultural acorde con su elevado rango social. Desde temprana edad sintió la necesidad de buscar la verdad y, al concluir su camino intelectual, abrazó el cristianismo. Fue bautizado a los treinta años, tras encontrar en la lectura del Evangelio de Juan la respuesta a sus más profundos interrogantes. En la introducción de su célebre tratado (De Trinitate), describe su experiencia personal y señala las etapas que un pagano recorre para llegar al conocimiento de Dios.
San Enrique, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, constituye un modelo de rectitud y justicia en el ejercicio del poder. En una época compleja para la historia del continente europeo, supo vivir los principios del Evangelio en el desempeño de su alta responsabilidad.
Un noble portugués que, renunciando a las riquezas y los honores, optó por ingresar entre los canónigos agustinos. Conmovido más tarde por el testimonio de los cinco protomártires franciscanos, se hizo discípulo del Poverello, poniéndose al servicio de la Palabra mediante la predicación. Es San Antonio de Padua, nacido en Lisboa hacia 1195, en el seno de una familia noble, y bautizado con el nombre de Fernando. Sus primeros años de formación transcurrieron bajo la tutela de los canónigos de la catedral.
Era el 13 de mayo de 1917 cuando la Virgen María se apareció a tres niños: los hermanos Francisco, de 9 años, Jacinta Marto, de 7, y su prima, Lucía dos Santos, de 10. La aparición tuvo lugar en Cova da Iria, una localidad cercana a Fátima, y fue la primera de una serie de encuentros. De hecho, cada día 13 de mes, desde mayo hasta octubre, la Virgen se manifestó a los tres pastorcitos, confiándoles un mensaje.
Artemide Zatti nació en Boretto, en la provincia de Reggio Emilia, el 12 de octubre de 1880. Desde niño hubo de enfrentarse a las asperezas de la vida, hasta el punto de que, con apenas nueve años, trabajaba como jornalero para ganarse el sustento.
San Eduardo el Confesor, venerado patrono de la monarquía inglesa, nació hacia el año 1002 en Islip, cerca de Oxford. Hijo del rey anglosajón Etelredo II y de la normanda Emma, hermana del duque Ricardo II de Normandía, pasó gran parte de su juventud en el exilio en la corte normanda, donde halló refugio tras la invasión danesa de 1013. Permaneció en Normandía durante unos veinticinco años, desarrollando una profunda espiritualidad y un firme apego a la fe cristiana.
“Gloria a Dios en todas las cosas”: con estas palabras, el 14 de septiembre de 407, san Juan Crisóstomo, “Boca de oro”, llamado así por su arte oratorio y su elocuencia, concluyó su peregrinación terrena. Nacido en Antioquía en un año comprendido entre 344 y 354, se dedicó al estudio de la retórica y las letras bajo la dirección del célebre Libanio. Al terminar sus estudios, se sintió fascinado por el mundo y se dedicó al teatro y a los debates. Poco tiempo después, sin embargo, se preparó para recibir el bautismo y lo recibió un domingo de Pascua de un año indeterminado. Posteriormente asistió al Círculo de Diodoro, una especie de seminario donde se podían cursar estudios teológicos. Durante ese período, se interesó por la exégesis de las Sagradas Escrituras y aprendió el método histórico-literario de la escuela de Antioquía. A continuación, pasó seis años viviendo una existencia eremítica, primero en la colina de Silpio, cerca de Antioquía, y después en una cueva en soledad y penitencia.
Discípulo de San Francisco de Asís, consagró toda su vida a la Inmaculada y fue fiel a Cristo hasta el final, ofreciendo su vida para salvar a un condenado a muerte en el campo de exterminio de Auschwitz.
Son famosos por ser los evangelizadores de los pueblos eslavos, para los cuales crearon un alfabeto cercano y comprensible para una gran parte de la población, con el fin de transmitirles el conocimiento de las Escrituras. Se trata de Cirilo y Metodio, dos hermanos de Tesalónica, la actual Salónica, en Grecia, que en aquel entonces formaba parte del Imperio Bizantino. Metodio nació alrededor del año 825 y, dos años después, nació Cirilo, cuyo nombre original era Constantino. Sin embargo, adoptó el nombre con el que pasó a la historia cuando, en su lecho de muerte, tomó el hábito monástico.
Cuando aún los enfermos eran atendidos por condenados o por asalariados sin preparación, Camilo de Lelis cambió radicalmente la perspectiva de la asistencia. Dejó de ser una imposición, una forma de expiar una pena o de obtener un lucro, para convertirse en un acto de amor y compasión hacia quienes sufren, viendo en ellos el rostro de Cristo a quien servir y amar.
Eliseo sigue siendo hoy un nombre habitual entre las familias cristianas de África. Procede del hebreo y significa «Dios es Señor» (El-Yah). En la Biblia, Eliseo se presenta como un profeta del siglo VIII a. C., discípulo del gran profeta Elías. Su vocación se narra en el Primer Libro de los Reyes, capítulo 19:
En el libro de los Hechos de los Apóstoles (1,15-26) se narra que, en los días posteriores a la Ascensión del Señor, el apóstol Pedro propuso a la asamblea de los ciento veinte hermanos elegir a uno de entre ellos para ocupar el lugar dejado por el traidor Judas Iscariote.
San Lorenzo O’Toole (Lorcan Ua Tuathail) es un modelo luminoso de coraje, santidad y dedicación a la justicia y a la unidad eclesial. Nació en Castledermot, en el condado de Kildare, en 1128, en el seno de una familia noble irlandesa.
Calixto, figura compleja y debatida de la Iglesia de los primeros siglos, nació en Roma en la segunda mitad del siglo II, en el seno de una familia cristiana en condición servil. Aún joven, fue esclavo al servicio de un rico cristiano llamado Carpóforo, vinculado a la corte imperial. Gracias a su espíritu emprendedor y a cierta habilidad para los negocios, Calixto fue encargado de gestionar una actividad financiera que funcionaba como depósito y casa de cambio, frecuentada en su mayoría por correligionarios. Sin embargo, su carrera se vio truncada a causa de operaciones especulativas fallidas que lo llevaron a la ruina económica.
“De nada nos gloriaremos más que de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: Él es nuestra salvación, vida y resurrección. Por Él hemos sido salvados y liberados” (Gal 6,14). Así reza la Antífona de entrada en la celebración de la Exaltación de la Santa Cruz. Esta festividad, que conmemora la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, es celebrada tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Ortodoxa. Esta última otorga una importancia particular a esta solemnidad, casi comparable a la de la Pascua. El origen de esta celebración se remonta al culto de las primeras comunidades cristianas de Jerusalén, que adoraban solemnemente la Santa Cruz cada Viernes Santo.
Muchos son los milagros atribuidos a San Pedro, pero hay uno que resulta verdaderamente singular. Involucra a otro santo o, mejor dicho, al apóstol que invita a una joven paralítica que acude a su intercesión a que busque a Abundio si desea ser curada.
El 15 de agosto, la Iglesia celebra la Asunción de la Virgen María, es decir, el momento en que María fue acogida en el cielo, en alma y cuerpo, por Dios. Para los cristianos, María es la primera criatura humana que entra plenamente en la gloria eterna de Dios, sin conocer la corrupción del cuerpo tras la muerte.
Aunque los Evangelios no se refieren directamente a este hecho, la creencia en la Asunción es muy antigua y ya era celebrada por los primeros cristianos de Oriente. Sin embargo, fue Pío XII, el 1 de noviembre de 1950, quien definió la Asunción de María como dogma de fe.
Contemplar el misterio de la Asunción renueva en los creyentes la certeza de que el destino último de la humanidad es el cielo, donde anhelamos participar de la vida trinitaria junto a Jesús, siguiendo el ejemplo de María. ¿Asunción o Ascensión? ¿Cuál es la diferencia? Ambos términos son semejantes, pero se refieren a dos acontecimientos distintos. La Asunción se refiere a la subida al cielo de María. Proviene del latín assumere, que significa “tomar consigo”: es Dios mismo quien toma a María consigo, en cuerpo y alma, como un privilegio singular, por haber llevado en su seno y acompañado con amor a su Hijo, Jesús.
La Ascensión, en cambio, alude a la elevación de Jesús al cielo, cuarenta días después de la resurrección. Procede del latín ascendere, “subir”: es el propio Cristo resucitado quien, por voluntad propia, asciende al Padre, tras prometer a sus discípulos el don del Espíritu Santo.
Para los católicos, María ha recibido un privilegio único: habría sido eximida del juicio final, siendo acogida en el cielo, en alma y cuerpo, por el mismo Dios. Como fue preservada del pecado original por el misterio de la Inmaculada Concepción, también su cuerpo fue librado de la corrupción de la muerte y elevado a la gloria celestial.
Los cristianos de Oriente, por su parte, prefieren hablar de Dormición en lugar de Asunción. Para los ortodoxos, María “se durmió” en la muerte. Vivió la muerte como cualquier ser humano, compartiendo el destino de todos, pero su tránsito hacia Dios fue sereno y lleno de gracia, como un “dulce adormecerse” antes de entrar en la vida eterna.
"Por lo tanto, después de haber elevado nuevamente a Dios fervientes súplicas e invocado la luz del Espíritu de Verdad, para la gloria de Dios omnipotente, que derramó en la Virgen María su especial benevolencia, en honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta Madre y para gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma revelado por Dios que: la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, al término de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial". Así, Pío XII, con la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus del 1 de noviembre de 1950, definió el dogma de la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma.
El 15 de diciembre la tradición litúrgica recuerda a san Valeriano, Obispo de la comunidad de Avenzano —una antigua diócesis de África Proconsular, correspondiente a la actual área arqueológica de Bordj-Hamdouna (Túnez), ya integrada en la archidiócesis de Cartago—.
Mauro, hijo del patricio romano Eutiquio, ingresó siendo muy joven en el ámbito monástico cuando su padre lo confió a san Benito, que por entonces estaba dando forma a su experiencia comunitaria en Subiaco. Junto a él fue acogido también Plácido, hijo de otro noble, Tértulo. Ambos muchachos, distinguidos por su docilidad y nobleza de espíritu, se ganaron pronto un afecto especial por parte del fundador del monacato occidental; Mauro, de mayor edad, asumió muy pronto un papel de confianza junto al maestro.
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